Hola, soy Paula Martín. Hace un tiempo viví una entrañable historia de amor, que he querido compartir con todos los internautas que se pasen por aquí. Viajad con vuestra imaginación a las playas, los campos, las casas de piedra y el sol de verano...

jueves, 22 de julio de 2010

Todo comenzó una tarde de verano...

Todo comenzó una tarde de verano.
Yo estaba en mi casa, preparándome para ir al pueblo de mi abuela, para pasar allí dos meses de las vacaciones.
-¿He de ir? ¿No puedo quedarme con la tía Carmen?-pregunté a mi madre cuando entró en la habitación para ayudarme.
-Cariño, hace meses que no ves a la abuela-me dijo ella-has de ir, sabes que te está esperando. No puede ser que siempre te quejes a la hora de ir a verla, ¡ella no puede venir a visitarnos siempre!
-Lo sé, pero...
-Déjate de peros. Acabarás pasándolo bien, lo sabes-me animó-siempre acabas pasándolo bien.
-Vale, mamá.
En mi interior, no estaba de acuerdo con aquella afirmación. Nunca lo pasaba bien en el pueblo de mi abuela, que más parecía un poblado que un verdadero pueblecito costero.
Unas cuantas casas de piedra, todas ellas con jardín, una pequeña escuela a las afueras-aunque allí no había apenas niños de su edad-un par de tiendas, un supermercado de reciente creación, para evitar a los abuelos tener que andar de un lado a otro del pueblo, pasando por miles de paradas de comida, como en la antigüedad. Tampoco faltaban la iglesia y la plaza, donde todos los pueblerinos se reunían por la tarde, para charlar y dar de comer a las palomas.
Al lado de aquella aldea, la playa. Realmente bonita, he de admitirlo. Una cala preciosa, que brillaba al ponerse el sol, dando a sus aguas destellos increíbles... en los días de viento, las olas parecían enfurecerse y rompían con fuerza contra las rocas, provocando salpicaduras que casi llegaban hasta las gaviotas que surcaban el cielo con su lento vuelo.

Aun así, yo no quería ir. Era demasiado aburrido para mí. Yo entonces no sabía apreciar la belleza de todo aquello, era una chica fiestera y muy sociable, y allí no había apenas un adolescente con el que matar el rato. Mis únicos conocidos eran mi familia-es decir, mis abuelos, mis padres, y María y Marc, mis hermanos de dos y seis años-y dos chicas del pueblo; Blanca y Paloma. Lo cierto es que eran para mí insoportables. Blanca, como hija del alcalde de ese pequeño pueblo, y al haber tan pocos chicos de su edad, se creía la reina de su pequeño universo. Era una chica con el pelo rubio, que ella se encargaba de alisar cada mañana con ayuda de su secador, los ojos grandes y azules, altura considerable, largas pestañas y de constitución delgada. Realmente, parecía hecha para despreciar a los demás, algo que cumplía con todo el mundo, excepto con su amiga de la escuela, Paloma.
Ella era, al contrario, una chica bien común, que pasaba el tiempo adorando y asintiendo a todo aquello que Blanca decía. Realmente, era el tipo de chica ideal para compañera de Blanca, que no soportaría otra opinión que la suya propia, ni que los halagos de dirigieran a nadie más que a ella. Siendo Paloma una chica de pelo castaño y ondulado, no muy largo, pequeños ojos castaños, bajita y de constitución corriente. La típica chica que no llamaría a nadie la atención.
A parte de esas dos princesas engreídas, habían dos pandillas de chicos y chicas que nunca me habían gustado especialmente, por su ambiente cerrado al resto, y en el caso de la primera pandilla, por su afición a las travesuras estúpidas, consistentes en fastidiar a los demás.
"¿Por qué debo ir?" pensé. "Ojalá mi verano fuera por una vez interesante".
No sabía lo que me esperaba en aquellos dos meses, lo intensamente que viviría ese verano de sol, de mar y de montañas...


No hay comentarios:

Publicar un comentario