Hola, soy Paula Martín. Hace un tiempo viví una entrañable historia de amor, que he querido compartir con todos los internautas que se pasen por aquí. Viajad con vuestra imaginación a las playas, los campos, las casas de piedra y el sol de verano...

martes, 19 de octubre de 2010

Confieso...

Vale, creo que ahora que he terminado el blog ha llegado la hora de que os confiese algo.
Esta historia no es real; nunca lo ha sido. Nada de ella ha ocurrido en la realidad.
Es verdad, supongo que os vais a enfadar por haceros creer que era cierta, pero cuando quise contar la verdad era demasiado tarde, así que seguí escribiendo y fui aplazando esta confesión... pero ahora ya es demasiado tarde como para seguir aplazándola, ¿no creéis?
Lo único cierto de esta historia es el pueblo y la casa de la abuela, porque yo veraneo en un pueblo así, en casa de mi abuela.
En realidad, me llamo Marta, y tengo catorce años recién cumplidos (bueno, el mes pasado). Voy a tercero de ESO. Estoy escribiendo una novela de amor, espero que me la publiquen este año.
Que sepáis que me ha encantado conoceros a todas vosotras, seguir vuestros blogs y hablar con vosotras. Creo que todas tenéis mucha imaginación y siento que no haya sido todo verdad; hubiera sido tétrico pero bonito.
Seguramente, no volveréis a verme por aquí, pero el blog seguirá abierto. El día que publiquen mi novela, os diré el título y mi apellido, para que, si queréis, podáis buscarla.
Adiós, y gracias por todo,
Marta.

Un año más tarde

Hoy hace casi un año y medio que sucedió esto, pero mi mente atormentada no se libra aún del recuerdo de Javier.
Me hago mil preguntas; ¿estaría él bien si yo hubiera hablado más aún con él, si hubiera conseguido que ese día se quedase a mi lado? ¿Fue realmente un accidente de moto lo que le pasó? ¿O el recuerdo de su madre y la desgracia de su familia le preocupó tanto en un momento que no pudo más y...? No quisiera hacerme todas estas preguntas, pero están siempre ahí, en mi cabeza, en mi recuerdo. Si yo no hubiera hablado con él y él hubiera seguido con su máscara indiferente tal vez nada hubiera pasado. Tal vez todo es culpa mía. Tal vez... haya demasiados "tal vez".
En Javier encontré algo que nunca nadie me había dado; no encontré a un novio ni a un rollo de verano; encontré algo muy especial. Era todo cariño, inseguridad, solicitud... era un gran amigo, el mejor que haya podido tener. Y por eso yo nunca quise perderlo.
Espero que, algún día, nos encontremos en ese Cielo en el que él creía y en el cual, tras su muerte, he empezado a creer yo también.

FIN

martes, 12 de octubre de 2010

Episodio 33: el accidente

Al cabo de nuestra primera semana de salir juntos, yo pensaba que nunca había sido tan feliz. Javier y yo lo habíamos pasado como nunca; siempre haciendo algo nuevo, riendo de cualquier cosa, a veces compartiendo un beso... todo era muy bonito a su lado.
A pesar de todo, él siempre seguía hablando de su madre. Yo intentaba ayudarle, pero sabía que no era suficiente. Su familia había creado en él un daño irreparable, y él no mostraba ningún esfuerzo por salir adelante. Algunas veces terminaba exasperada, pero no podía enfadarme con él, no lo conseguía aunque lo intentase. Yo nunca pensaba en la muerte, por supuesto, pero hablamos tantas veces de aquel tema con él que terminé por dedicarle algún tiempo en mi mente.
¿Qué pasaría si algún día perdía a alguien querido? Sabía que sucedería, por supuesto, pero no quería pensar en ello. Me carcomía la conciencia un miedo imposible de frenar cada vez que lo imaginaba. Y sin embargo, ocurrió.

Un día, fui a ver a Javier a su casa y me dijeron que había salido bien temprano por la mañana. Yo le busqué durante toda la mañana y no le encontré. Supuse que habría ido de excursión a algún lado, y aunque me enfadé un poco por no habérmelo dicho, pensé que querría estar solo.
Sin embargo, llegó la tarde y no aparecía. Su moto no estaba tampoco, por lo que supuse que habría hecho un viaje largo con ella. Me entretuve con los chistes de Laura, que vino a casa, pero no podía dejar de pensar en él.

Al día siguiente, mis temores se confirmaron; Javier no había vuelto. Llamé a su teléfono por quinta vez, y ésta, para mi alivio, me respondieron.
-Hola-dijo una voz masculina que no pertenecía a él-¿con quién hablo?
-Con una amiga de Javier... soy Paula.
-Hola, Paula. Hemos encontrado a Javier aquí, al borde de la carretera. Parece que está gravemente herido. Pero no te preocupes, vamos a llevarle a urgencias. Díselo a su familia, ¿quieres?
Mi corazón se detuvo. Unos temblores incontrolables se apoderaron de mí.
-¿Es muy grave?-pregunté con una voz que no parecía mía.
-Creemos que se recuperará-aseguró el hombre, aunque se notaba muy poco convencido.
Colgué el teléfono precipitadamente y fui a contárselo a mis padres. Ellos me consolaron y me acompañaron, muy asustados, a hablar con la familia de mi amigo. Por el camino no podía dejar de sollozar, y mi madre se me unió en silencio, porque no quería que él sufriera. Había llegado a apreciar mucho a Javier.
Su familia se enteró enseguida, y fue a verle a urgencias. Nosotros no fuimos; a pesar de que mi corazón me lo pedía a gritos, mi razón me decía que la familia debía pasar sola.
Y con razón. A medianoche

Episodio 32: juntos

Javier y yo lo pasamos muy bien aquella semana. Fuimos de excursión, compramos pipas, nos reímos, ignoramos a aquellos que nos hacían bromitas sobre la relación, nos bañamos en la playa y sobre todo, hablamos mucho. Él quería contarme cosas de las que tenía que desahogarse, y yo quería ayudarle, así que pasamos una semana en la que se quitó unas cuantas espinas. Me hablaba sobre todo de su madre, de lo que había pasado con ella, de las muchas veces que habían reído juntos y hecho planes en familia... y yo pensaba que tal vez debería apreciar más las ocasiones en las que mi propia familia hacía aquellos planes, ya que podía correr la misma suerte que él y entonces no habría vuelta atrás. Me hizo pensar en muchas cosas, y quiero creer que yo tuve el mismo efecto en él. Sin embargo, tras aquella semana pasaría lo peor que me había ocurrido hasta entonces...

lunes, 11 de octubre de 2010

Episodio 31: la cita

Al día siguiente, en la soledad de mi cuarto, sentí cómo me invadían los nervios horas antes de que Javier pasase a buscarme como había prometido. No sabía qué ropa ponerme, ni cómo peinarme, ni siquiera lo que diría cuando él y yo estuviéramos solos, en una cita oficial. Él y yo habíamos estado muchas veces juntos, a solas, pero como amigos. ¿Cómo era posible que el simple hecho de que aquella vez hubiese habido una invitación a salir me hiciera sentir tan feliz, emocionada y aterrorizada? No era posible que me estuviera volviendo tan tonta, y sin embargo, lo comprendía.
Llamé a Mónica.
-¡Cuéntamelo todo!-exclamó ésta nada más descolgar yo el teléfono-. ¿A qué hora saldrás con él? ¿Estás nerviosa?
-¿Cómo lo sabes?-pregunté sorprendida.
-Bueno, el tal Javier ha dejado un mensaje en tu muro de Facebook para ver si podía pasarse media hora antes por tu casa, y así teníais más tiempo para charlar y eso.
-Oh, no. ¿Por qué no habrá enviado un privado?-me pregunté. Ahora todos mis amigos sabrían que salía con Javier, y no era ése mi plan. A mí me gusta contar las cosas a quien quiero y en persona-. Aun así, estoy muerta. No sé qué voy a hacer en la cena, será como... puf, me moriré de vergüenza.
-¡Claro que no! Tú ponte ese vestido azul, el que va con las sandalias blancas, te quedará genial. ¡Ah! Y no se te ocurra hacerte una coleta.
-¿Por qué no? Es muy cómodo.
-¡Pues por eso! Lo mismo puedes ir en chándal a la cita.
Decidí que tenía razón, así que me dejé el pelo suelto y lo rizé un poco por abajo, con espuma. El conjunto final me gustó bastante, y aún quedaba una hora para la cita.
Mi padre entró en la habitación justo cuando yo iba a salir.
-¿A dónde vas tan arreglada?
En aquel pueblo siempre se sabía todo, así que di por hecho que ya estaba enterado de lo que iba a hacer.
-Bueno, pensaba ir a cenar con Javier...
-¡Ohoh! ¿Cuándo vas a presentármelo?
-¡Papá!
-Vale, vale. Pásatelo bien.
Una cosa buena que tiene mi padre es que te deja hacer muchas cosas sin pararse a pensar antes si está bien que lo haga o no. Una cosa mala es que luego te echa la bronca después de haberte dejado hacerlo, así que decidí irme rápido de casa, por si sus reflejos estaban aquel día más brillantes de lo habitual.
Javier estaba en la puerta de casa. Sonreí al verle.
-Hola.
-¿Qué tal?-respondió con naturalidad-. Creo que vamos un poco tarde, así que mejor nos damos prisa. Por suerte he traído la moto.
-Ni loca me subo en tu moto.
-¿Por qué? No pienso conducir borracho ni nada.
-Lo sé, pero no me apetece que me lleve un conductor inexperto-bromeé.
-¿Inexperto? Soy más profesional que cualquier otro que hayas visto en tu vida. Pero si no quieres subir, vamos andando.
Llegamos al restaurante riendo y charlando como siempre. Casi ni parecía que aquello fuese una cita. Me gustaba más así.
Todo pasó muy deprisa... pedimos pizza y entre risas la terminamos en un segundo. Enseguida, por desgracia, estábamos fuera otra vez.
-¿Quieres ir a la playa?
-No hay muchos más lugares en este pueblo.
-¿Por qué no te gusta el pueblo?-me preguntó Javier mientras caminábamos.
-No es que no me guste, es que... hay sitios mucho más grandes y divertidos, como mi ciudad, por ejemplo.
-Pero en tu ciudad no puedes tener tanta confianza con la gente, y seguro que hay mucho más ruido que aquí.
-Tienes razón, pero...
-Además, ¿adónde vas cuando quedas?
-Pues al cine, o a casa de alguien, o a un MacDonalds...
-¿O...?
-Vale, vale, tampoco es que varíe mucho, pero puedo ir cambiando de sitio, no siempre ir al mismo.
-¿Qué pasa? ¿No te gusta la playa?
-Eso sí. Nunca me canso de verla.
-Entonces no tienes razones para quejarte. Y menos cuando se convierte en un sitio especial para ti.
-No se ha convertido en un sitio especial para mí.
-No, es verdad. Pero para mí sí. Aquí venía muy a menudo con mi madre, ¿sabes? Pintó un cuadro, una vez, en el que salía yo mirando al mar. Me gustaría enseñártelo.
Llegamos a la orilla de la playa. Las olas se mecían con increíble lentitud, pero ya no estaba nerviosa. Sólo quería seguir charlando.
-Ojalá la hubiera conocido.
-¿A quién?-me preguntó.
-A tu madre.
-Se parecía un poco a ti, ¿sabes?-me dijo entonces, acercándose imperceptiblemente-.
-¿Por qué?
-A ella también la quería mucho.
Sonreí sin que me viera,estábamos casi a oscuras. Decidimos que era hora de irnos a casa. Me acompañó hasta la puerta del jardín, y entonces me dijo que cerrase los ojos y abriera las palmas de las manos.
-Es que te he comprado una cosa-explicó, mientras yo tenía los ojos cerrados.
Extendí las palmas de las manos hacia delante, expectante. De pronto, él las bajó y me dio un beso, que apenas duró un instante, pero fue todo lo que yo podría desear.