Hola, soy Paula Martín. Hace un tiempo viví una entrañable historia de amor, que he querido compartir con todos los internautas que se pasen por aquí. Viajad con vuestra imaginación a las playas, los campos, las casas de piedra y el sol de verano...

lunes, 26 de julio de 2010

Décimo episodio: cohetes en la playa

Aquella noche bajé a la playa tras avisar a mis padres. Creo que éstos pensaba que iría a casa de Blanca o de Paloma, e incluso me dijeron que les diera recuerdos de su parte. Si hubieran sabido con qué gente me iba, lo que iba a hacer... si yo misma lo hubiera sabido semanas antes, tampoco me habría entusiasmado con la idea. Pero mi afán de encajar con el resto de gente, o de tener al menos vida social, como estaba acostumbrada, era mayor que la voz de mi conciencia, que me decía que podía acabar en un lío si la policía nos pillaba a mí a mis amigos en la playa con cohetes. Era solo el segundo día, demasiado pronto como para meterme en un lío, ¿no?
-¡Has venido!-exclamó Laura al verme. Parecía contenta, pero creo que estaba algo nerviosa, supongo que por haberme confiado un secreto suyo.
-Aquí estoy... ¿seguro que no haremos nada malo?
-Me han dicho que es seguro-respondió ella, pero la misma parecía poco convencida.
Bajamos con los demás a la cala, que a la luz de la luna era más encantadora que nunca. Algunos habían comprado botellas de refresco en el supermercado, que se iban pasando de mano en mano. Todos reían y charlaban al mismo tiempo, quitándose la palabra unos a otros; yo me sentía en mi salsa en aquel ambiente relajado, pero no sabía cuánto tiempo más duraría aquella escena y pasaríamos a la de armar follón. En un pueblo tan pequeño, cualquier lío puede acabar en desgracia, cosa que no pasa en una gran ciudad, donde los policías tienen más ocupaciones y más delincuencia con la que acabar como para preocuparse de unos adolescentes con ganas de fiesta.
-Venga, chicos, se nos acaba el tiempo. Paula se va a las doce y aún no ha podido ver nada; tendremos que adelantarlo todo-explicó Mario, uno de los chicos que había conocido esa noche.
-Por mí no lo cambiéis, por favor. No me importa, lo veré otro día, me quedo aquí dos meses-dije, intentando fingir que era para mí un sacrificio en lo meterme en su barullo. Debí fingir demasiado bien, porque todos comenzaron a pedirme que me quedara allí con ellos, que no les importaba adelantarlo. Incluso las chicas más despreciativas por mi aspecto "de ciudad", que para ellas significaba no llevar ropa oscura ni botas militares-las "amigas" de las que me había hablado Laura por teléfono-no querían que me fuera sin haber visto a la pandilla en plena acción, quizá para demostrarme que eran más duros de lo que imaginaba.
Comenzaron a sacar cohetes de las mochilas, los petardos más grandes que les habían sobrado de la noche de San Juan. Algunos traían mecheros, y de paso se encendieron unos cuantos pitillos, que dejaron al poco tiempo, intentando ocultar sus accesos de tos. Me dieron ganas de reírme, pero decidí salvar las apariencias y dejar pasar un poco de tiempo antes de reírme con confianza.
-Venga, encenderlos de una vez-dijo Laura, nerviosa.
-Vale... no te pongas así-murmuró Javier.
-Así, ¿cómo? Sólo he dicho que los enciendan, nada más. ¿Qué te pasa últimamente?-dijo Laura, enfadada.
-No me pasa nada, eres tú quién está rara-replicó el chico.
Todos habían callado y observaban, excepto un par de chicos que seguían en torno al mechero, intentando encender los cohetes.
-Eso no es verdad, siempre me evitas, haces ver que no estoy, ni siquiera me llamas-gritó Laura, ajena a todas las miradas.
-Mira, si crees que no quiero salir contigo, ¿por qué no me lo dices de una vez?
-¡Parece que no quieras!
-¡Pues te parece mal!
Acabaron los dos callados, mirándose mutuamente el uno al otro, con los ojos llameantes de furia. De pronto, uno de los cohetes estalló, sobresaltándoles a ambos, que miraron en torno a ellos y descubrieron a todo su grupo atento a la discusión.
-¿Puedes venir un momento?-preguntó Javier en voz baja.
-Sí-masculló Laura.
Los dos se fueron hacia las rocas, separados del resto. Les vi hablando, y justo cuando estallaba el segundo cohete, se escondieron algo más entre las rocas. Al cabo de un rato vi de reojo que se besaban. "Laura debería dejar los besos y decirle que no le conoce bien, que es la verdad" pensé.
Pero ellos volvieron juntos y no pude hablar con ella. Los cohetes estallaban uno tras otro, creando una lluvia multicolor en el cielo, que parecía descender hasta el océano.


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