Hola, soy Paula Martín. Hace un tiempo viví una entrañable historia de amor, que he querido compartir con todos los internautas que se pasen por aquí. Viajad con vuestra imaginación a las playas, los campos, las casas de piedra y el sol de verano...
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domingo, 12 de septiembre de 2010

Episodio 27: mi madre tiene unas cosas...

A veces mi madre tiene unas cosas... cuando llegué al pueblo, no hacía más que recomendarme que hiciera vida social, que conociera a gente y me divirtiera, y ahora que le he hecho caso, resulta que no le gustan mis nuevos amigos. Y es cierto que algunos de ellos no son exactamente los chicos con los que suelo ir en invierno, pero tampoco es que pase mucho tiempo con ellos... la verdad, mi círculo de amistades se reduce, resumiendo, a Laura, a Javier y a Sandra, una chica que da la impresión de ser algo estúpida pero que llega a ser muy profunda cuando la conoces, y que es la mejor amiga de Laura en el pueblo. Admito que a veces me da algo de envidia verlas a las dos recordando cosas del colegio, justo como yo querría hacer con mis amigas, pero no puedo, porque están a unos cuantos kilómetros de distancia, o disfrutando de las playas de menorca en sus enormes y lujosas casa de veraneo. Sin embargo, no me importaba tanto como creía, porque siempre hacían esfuerzos para incluirme en la conversación cuando no sabía de qué hablaban, un esfuerzo que podía apreciar.
Sin embargo, me estoy desviando: hablaba de mi madre... el caso es que, un día, tuvo una conversación conmigo:
-¿No crees que tus amigos son algo... liberales?
-No sé a qué te refieres-lo sabía perfectamente.
-Me parece que no hacen sólo lo que está permitido, ya sabes.
-Tengo amigos por una vez, y no te gustan-protesté-. Mamá, los que hacen eso son sólo dos o tres, no todos nosotros. Yo casi nunca voy con la pandilla, ya lo sabes.
-Pero ese chico, Javier, no parece muy bueno para ti...-lo dijo como si tuviéramos perspectivas de matrimonio.
-¡Por favor! Es el único chico normal de todo el grupo, te lo aseguro. Además, si supieras por lo que ha pasado... de verdad, no iría con él si estuviera segura de que no te iba a gustar.
-Bueno, está bien... pero que sepas que he invitado a Blanca a pasar el día aquí hoy contigo-anunció mi madre-es una buena chica, te irá bien cambiar de aires.
Su cara culpable revelaba que sabía desde el principio que la visita no me iba a gustar.
-¡Mamá!-exclamé.
-Hija, esos chicos no son como ella ni como nosotros, es mejor ir variando...
-Mamá, si lo único que hace Blanca es escaparse de su casa para ir a ver a Javier-expliqué-no es tan perfecta como tú crees, de verdad.
Se oyó la campanilla de la puerta de entrada-mis abuelos están chapados a la antigua, y nunca han querido poner un timbre en su puerta; dicen que la campanilla es más suave y más romántica-.
-Debe de ser ella, ve a abrir-ordenó mi madre con una sonrisa-y por favor... no hagas tonterías.
Refunfuñando, abrí la puerta. Allí estaba ella, con un vestido estampado de flores, un lazo en el pelo y la mejor y más falsa de sus sonrisas. "Hipócrita" pensé.
-Hola...
-¡Paula!-saludó ella como el primer día, estampándome un beso en la mejilla-me alegro mucho de verte. ¿Vamos a tu habitación?
-Vale-asentí de mala gana.
Subimos y, en el trayecto, me prometí hacer lo posible por pasármelo bien, para que mi madre no se enfadase y hacerlo todo mucho más agradable.
-Bueno, hemos de hablar-comenzó en cuanto se cerró la puerta de mi habitación, abandonando su pose de niña buena-¿sales con Javier?
-Eso a ti no te importa-respondí de mala manera, sin querer.
-En realidad, sí-dijo ella-ya te lo advertí; él no es para ti... vivís a dos horas de distancia el uno del otro.
-Aun así, no es asunto tuyo lo que haga o deje de hacer-insistí, sentándome sobre mi cama.
-Mira, guapa... no quiero hacerte daño, pero no es que Javier tenga la mejor opinión de ti, según dicen. Me explicaré; él se da cuenta de que vas detrás suyo como un perrito faldero. Realmente, le pareces patética.
"Suerte que no querías hacerme daño" pensé. Y es que estaba dolida. ¿En serio Javier pensaba eso de mí? ¿Es que no podíamos ser amigos y punto? Realmente, ese pueblo era de locos...
De pronto, sonaron unos golpecitos en la puerta, y Laura apareció en la habitación. Mirando enfadada a Blanca, dijo:
-Pasaba por aquí y he venido justo a tiempo... para decirle a Paula que lo que Blanca está diciendo es, en realidad, lo que piensa de ella Javier.
-No te metas, tú no le importas-respondió Blanca.
-Oíd, ¿no podemos jugar a cartas y olvidarnos de Javier por un rato, por favor?-supliqué. No necesitaba pensar más en él, y menos en aquella especie de culebrón que Blanca estaba empeñada en protagonizar.
Saqué una baraja de cartas del cajón y repartí. Jugamos un rato, pero enseguida se presentó mi madre:
-Ha venido a verte Javier, Paula. ¡Ah! Hola, Laura, no sabía que estuvieras aquí.
Javier entró en la habitación sonriendo. De pronto, al tropezar con la mirada de Blanca, soltó una exclamación.
-Eh... ¿qué haces aquí?-fue lo único que acertó a decir.
-Charlaba con Paula... ¿vas a quedarte mucho rato?-preguntó Blanca con mirada obsesiva.
-No lo sé-respondió Javier.
Me miró con reproche y me encogí de hombros en un gesto de impotencia; no tenía ni idea de cómo iba a terminar todo aquello.

viernes, 27 de agosto de 2010

Episodio 23: ¿vienes a Misa?

-Hola, abuela.
-Buenos días, Paula. ¿Sabes que hoy es domingo?
-Sí... ¿y qué?
-¿Vienes a Misa? Acompaña a tu vieja abuela...
Así comenzó el domingo de aquella semana, tres días después de mi conversación con Laura. Me parecía extraño que hubieran pasado tres días ya, porque había estado a ratos encerrada en la habitación y a ratos con mi familia, sin verla, pero con sus últimas palabras muy presentes en mi cabeza.
-¿A Misa? No sé...
No es sólo porque las veces que voy a Misa me aburro un poco, sino porque ver a la gente cantando y entregando su fe, creyendo por completo en lo que dicen, juntos, como si fueran conocidos de toda la vida, me hace pensar que... me falta algo. Como si ellos tuvieran una cosa que yo no tengo.
Soy cristiana, pero no practicaba. Ni yo ni mi familia, excepto mis abuelos. Me parece cosa de viejos, supongo que porque suelo ir a la Iglesia del pueblo, si voy alguna vez, y en ese pueblo casi ni hay gente joven.
-Bueno, vale...-acepté, pensando que no me haría ningún daño.
Fuimos ella, el abuelo y yo. Entramos justo cuando comenzaba, y nos sentamos en uno de los bancos de atrás. El sacerdote hablaba, cantaba y explicaba. Mi parte favorita es la del Evangelio; como si te estuvieran contando una historia de milagros y proezas. Y, en cierto modo, te cuentan una historia, pero lo mejor es que es real. Aquella vez le tocó a un muerto que Jesús resucitó; yo escuchaba atentamente, cuando vi a alguien que prestaba más atención aún que yo: Javier. Estaba en una de las primeras filas de bancos, observando al sacerdote, aunque en realidad, su mente parecía estar en otra parte. Supuse que pensaría en su madre, en su muerte... y en la vida misma. No sabía ni siquiera que creyera en Dios, pero yo también intentaría buscar un sentido a la muerte, un apoyo, si alguien de mi familia muriese. Y, desde luego, lo primero que habría hecho habría sido cuestionar a Dios, buscar un por qué.
Y allí estaba Javier, que no me veía, ni veía a nadie que estuviera en la iglesia; él sólo veía el rostro de su madre, grande, borroso, frente a él.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Episodio 19: una triste sorpresa

Estaba claro que tenía que encontrar a Javier, fuera como fuese, en la playa, con la pandilla o incluso en su casa, aunque no sabía bien dónde estaba. Desde luego, le hubiera preguntado a Laura, y ésta posiblemente hubiera sabido dónde se encontraba el chico, pero no me atrevía a hacerlo por miedo a provocarla otra vez.
Probé primero en el punto de reunión de la pandilla-a los que, por otra parte, hacía un tiempo que no veía-.
-¡Paula! ¿Tú por aquí? ¡Pensamos que te habías vuelto con Blanca y Paloma!-exclamó un chico sonriendo.
-Ya ves que no... es que he estado liada con mi familia estos días-expliqué-¿habéis visto a Javier?
-No-replicaron ellos. A todas las chicas se les veía una expresión curiosa en la cara, y los chicos me observaban burlonamente.
-¿Sigue saliendo con Laura?-preguntó una de las chicas.
-Sí, ¿por qué?
-¡Qué raro...!-exclamaron los chicos, riendo entre ellos.
Yo me despedí y di media vuelta, porque el tono de aquella última exclamación era más que evidente.
Le busqué minuciosamente por el pueblo, decidida a que me diera la explicación prometida; no me iba a quedar sin ella. Al ver que no estaba ni en la playa, ni en el campo, ni con Laura, ni con sus amigos, decidí ir a buscarle a su casa. Sabía a medias dónde se encontraba, y logré llegar sin contratiempos, para mi gran sorpresa.
Llamé al timbre y me abrió un señor de unos cuarenta años, que tenía los ojos y la nariz de Javier, por lo que supuse que sería su padre. Iba vestido con ropa de verano, y su expresión no era precisamente amigable, pero pregunté por el chico.
-Sí, enseguida viene-respondió con una voz suave que no había esperado en él-¡Javier! Tienes visita.
-¿Qué?-se oyó la voz sorprendida de Javier-espera un minuto... ya bajo.
-Hola-saludé tímidamente cuando apareció.
-¿Qué quieres?-preguntó. A pesar de la pregunta, no parecía enfadado, sino más bien muy sorprendido.
-Tenemos que hablar, ¿recuerdas?
-Claro-recordó-bajemos a la playa, ¿quieres?
Asentí y nos fuimos hasta la playa caminando. Tras unos minutos en silencio, decidí tomar las riendas de la conversación y preguntar lo que había ido a preguntar.
-¿Por qué estabas... así el otro día?
-¿Por qué estaba llorando?-tradujo él con una sonrisa irónica-la verdad es que es por algo muy personal que nunca he contado a nadie. Y no sé si contártelo a ti.
-Si es muy personal, es tu decisión... pero dijiste que me lo contarías-le recordé, impulsada por la curiosidad.
Él se quedó callado, como si no hubiera oído mi comentario. Seguimos caminando hacia la playa, aunque yo prefería alargar lo menos posible el paseo, por Laura y por mí misma, porque empezaba a sentir cosas que no quería sentir...
-La verdad-exclamó de pronto-es que me apetece contárselo a alguien. A lo mejor así me lo... saco de dentro.
No dije nada, sabiendo que era mejor dejar tiempo para que hablase él mismo de lo que tuviera que hablar. Sucedió justo como esperaba.
-Bueno... es algo complicado... no, en realidad es muy sencillo. Tiene que ver con mi familia.
-¿No será el mismo rollo de los demás, no? Eso de "mi familia me avergüenza" y cosas por el estilo-soplé, abandonando la delicadeza. Es que estaba harta de ese tema.
-Nooo-dijo-tiene que ver con algo malo, pero me refiero a algo realmente importante-me gustó que lo que sus amigos consideraban importante para él no lo fuera. Tenía más personalidad de la que yo esperaba.
-Entonces, ¿qué es?-pregunté, a punto de reventar de curiosidad.
-Pues... mi madre, hace unos años...-murmuró él-bueno, ella... murió. De un... ataque al corazón.
Me quedé callada. ¿Qué puede decirse en situaciones como esta? Había esperado algo grave, pero no de ese calibre, por supuesto.
-No quiero que te compadezcas de mí ni nada de eso, ¿vale?-me dijo, de mal humor otra vez.
-Oye... no quiero compadecerme de ti, en serio... pero lo siento-respondí con sinceridad. Creo que él captó que no era una simple muletilla para dar el pésame, porque me sonrió de pronto.
-Bueno, la verdad es que no suelo... llorar por esto-explicó, avergonzado-pero es que últimamente mi casa va de mal en peor. Mi padre... apenas nos habla desde que mi madre murió. Me parece que cree que no nos entristece demasiado.
-¿Cómo va a pensar eso?-exclamé, sorprendida.
-Porque somos dos chicos, yo y mi hermano mayor, y no le acompañamos mucho en su dolor cuando mamá murió. La verdad es que ambos nos...
-Os encerrasteis en vosotros mismos, ¿no?-murmuré.
-Algo así. De ahí que él piense eso.
-Pues tu no debes pensarlo-repliqué, aunque temiendo que me dijera que no me metiera en sus asuntos-aunque sólo sé esto desde hace unos minutos, se nota que... la echas de menos.
-No sabes cuánto-suspiró él, mientras continuábamos nuestro camino.
A mí había dejado de parecerme un "chico malo"; ahora sólo me parecía un chico desgraciado, pero que, si quería, y tal vez con ayuda, podía salir adelante.

Episodio 18: paces

Al día siguiente apenas me atreví a salir de casa, pero quería hablar con Laura acerca de nuestra discusión el día anterior; me cambié, me duché y me vestí con unos shorts azul marino y una camisola amarillo claro. Después de terminar de arreglarme, me dirigí a casa de Laura. Intenté avisarla por teléfono, pero no me respondía las llamadas, por lo que lo dejé y decidí presentarme en su casa sin avisar-éstas son las cosas que puedes hacer en según qué sitios, cuando conoces a todo el mundo y todo el mundo te conoce a ti-.
En cuanto llegué, me abrió la puerta su madre, que pareció muy sorprendida de verme allí-aunque quizá eran solo imaginaciones mías, claro-.
-¡Paula!-exclamó-pasa, pasa. Laura está en su habitación... aunque no sé si...-se notaba que estaba mirando a su hija, probablemente situada en un lugar en el que no podía verla.
-Gracias-dije, entrando en la casa tras ella. Lo cierto es que Laura tiene una de las casas más bonitas del pueblo-durante el tiempo laboral, sus padres trabajan conjuntamente en una ciudad vecina, como diseñadores de interiores, por lo que siempre saben cómo hacer que su casa, que no es muy grande, se vuelva espaciosa pero bien adornada-.
Subí a la habitación de Laura, que es muy grande, porque, como no tiene hermanos, siempre ha sido un poco "la princesita de la casa". Ella estaba tirada en la cama, fingiendo que llevaba allí horas, pero se notaba que era mentira por la cama, que tenía las sábanas perfectamente lisas.
-¡Oh! Hola-saludó con desgana.
-Oye, Laura, yo... de verdad que lo de ayer iba en serio... tú me importas más que Javier, y espero que no pienses que soy lo suficentemente mala amiga como para ir por ahí ligando con los novios de mis amigas, porque no es así. Si no quieres, no hace falta que me hables, ni nada de eso, pero me da rabia que pienses que soy capaz de hacerte una burrada así-solté de un tirón, casi sin respirar. Después, al no recibir respuesta de Laura, me di la vuelta y me fui.
-Espera...
Volví a girarme hacia Laura, y descubrí, para mi alivio, que sonreía.
-No estoy enfadada contigo, pero es que ayer... Javier se puso en un plan muy callado, justo después de que hablásemos de ello, y me desahogué contigo. Lo siento.
Yo también sonreí, y con eso fue suficiente.
-¿Vamos a hacer algo?-propuse, como si nunca hubiera habido enfados entre nosotras.
-No puedo... mi madre está redecorando la casa y he de ayudarla-reconoció, casi con vergüenza.
-Eh, no pasa nada-dije-ya me enseñarás la casa cuando esté terminada.
Nos despedimos y me fui.
Ahora ya sólo tenía un problema que resolver, y quería resolverlo en aquel momento; fui a buscar a Javier para que me explicara qué demonios había significado aquella escenita de la playa y luego la del restaurante.

sábado, 31 de julio de 2010

Episodio 14: cena familiar

Me hubiera quedado para siempre pensando en la playa, porque tenía muchas cosas en las que pensar, pero tenía compromisos que cumplir con mi familia, y mis controladores padres se preocuparían si no llegaba pronto. Además, había ciertas cuestiones que no quería resolver, y me olvidaría de ellas parcialmente hablando de otras cosas con mi familia.
Nos dirigimos todos a Mario's, el famoso-seguramente por ser el único-restaurante del pueblo. Algunos de los chicos de la pandilla me encontraron por el camino y me saludaron, algo sorprendidos de verme con mis padres. Más de uno me guiñó el ojo, como hacían con las chicas que encontraban lo suficientemente guapas. Yo no me encuentro fea, es verdad, pero sé que no soy una belleza viviente; alta, delgada, morena, pelo negro, lo suficientemente liso como para no considerarlo ondulado, y ojos de un extraño color. Porque si hay algo de mi aspecto que me enorgullezca, son mis ojos; nadie ha podido todavía clasificarlos como un solo color, o un "bicolor" (como azul-verdoso, o algo parecido). Porque mis ojos son negros por fuera, verdes en el exterior, castaños un poco más adentro, algún reflejo amarillento y pupilas negras y grandes, que me han dicho alguna vez que parecen túneles sin fin. No quiero parecer presumida, y sé que estoy logrando pasar por una, pero realmente hay más cosas que me disgustan de mi aspecto a las que me gustan. ¿Ejemplos? El acné, muy típico de esta edad, y parece que todas mis amigas lo llevan de maravilla, pero es algo que no puedo soportar, de ahí que me compre cremas carísimas para mantener mi cara intacta. Lo consigo bastante bien, pero siempre quedan uno o dos granos, y con ellos me obsesiono hasta que desaparecen. Otra cosa son mis cejas, no me gustan nada; no soy uniceja ni nada parecido, pero no me gustan. Es así y punto. Parecen cosas estúpidas, pero todo el mundo odia algo de su aspecto
(se ve que hasta Shakira odia la mitad de las cosas de su cuerpo, lo que no me extraña, porque es puramente artificial, como la cara de Belén Esteban, vamos).
El caso es que nos fuimos a cenar, y como si mis padres quisieran desquitarme de mi objetivo de no pensar en Javier, comenzaron a preguntarme por esos chicos y por otros.
-Hace ya mucho que no te veo con Blanca o Paloma-comentó mi madre, preocupada-siempre vas con esa chica que viste sólo ropa negra. Parece gótica... y pasas mucho tiempo fuera de casa.
-¿Quiénes eran esos chicos que te han saludado? Uno tenía un tatuaje que no parecía salido de los Cheetos-añadió mi padre con severidad.
-Papá, no te preocupes, a mí tampoco me inspiraban mucha confianza, pero son buenos chicos, de verdad. Hay un par que no son tan buenos... pero con ellos no hablo casi nunca, sólo cuando los encuentro por la calle, por educación. De verdad, son como tú o yo. Y por cierto, Laura no viste sólo ropa negra, es que le gusta ese color, pero yo la he visto mil veces de otros colores más vivos.
-De acuerdo-se resignaron mis padres, pero enseguida comenzaron a hablar de Blanca y Paloma, como todos los adultos del pueblo-¿sabes qué me contó Blanca esta mañana? Estaba con sus padres en una reunión de amigos, y me dijo que te habías hecho muy amiga de cierto chico... Javier. Ella habla mucho con él y dice que te nombra siempre. Eso sí, nos ha dicho a mí y a tu padre que no es muy de fiar, que no te dejemos mucho tiempo sola con él, porque fuma y ha bebido un par de veces. ¿No es encantadora esa niña? Se nota que te tiene cariño.
-Lo único que quiere es ligar con él-les expliqué a mis padres, sin esperanzas de que me creyeran-ya la he visto un par de veces con Javier, y realmente lo único que hace es flirtear una y otra vez. Pero Javier sale con Laura, así que pierde el tiempo.
-¿En serio?-dijo mi abuelo, meditativo-sí que parecía demasiado preocupada, ¿no crees, Alicia?-le preguntó a mi madre.
-Nosotros estábamos en el parque ayer y la abuela se había ido a comprarnos un helado-explicó mi hermana, sintiéndose importante por saber algo que sólo Marc y ella sabían-y pasó Blanca hablando con su mejor amiga. Le estaba diciendo que Javier le había dicho que no quería ser su novia, o sea que ¡ya no se podrán casar!-suspiró, triunfal. Es increíble como la mayoría de los niños pequeños relacionan las palabras "novio", "salir" y "enamorado" con el matrimonio. Es un razonamiento lógico, es verdad, pero no cuando los chicos en cuestión tienen 14 años, ¿no?
Mis padres y abuelos rieron la gracia, y también yo. La verdad es que estaba contenta de oír aquello, aunque la verdad es que no sabía si era porque Laura ya no tendría problemas de confianza con el chico, o por algo referente a mis sentimientos...