Hola, soy Paula Martín. Hace un tiempo viví una entrañable historia de amor, que he querido compartir con todos los internautas que se pasen por aquí. Viajad con vuestra imaginación a las playas, los campos, las casas de piedra y el sol de verano...
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domingo, 12 de septiembre de 2010

Episodio 27: mi madre tiene unas cosas...

A veces mi madre tiene unas cosas... cuando llegué al pueblo, no hacía más que recomendarme que hiciera vida social, que conociera a gente y me divirtiera, y ahora que le he hecho caso, resulta que no le gustan mis nuevos amigos. Y es cierto que algunos de ellos no son exactamente los chicos con los que suelo ir en invierno, pero tampoco es que pase mucho tiempo con ellos... la verdad, mi círculo de amistades se reduce, resumiendo, a Laura, a Javier y a Sandra, una chica que da la impresión de ser algo estúpida pero que llega a ser muy profunda cuando la conoces, y que es la mejor amiga de Laura en el pueblo. Admito que a veces me da algo de envidia verlas a las dos recordando cosas del colegio, justo como yo querría hacer con mis amigas, pero no puedo, porque están a unos cuantos kilómetros de distancia, o disfrutando de las playas de menorca en sus enormes y lujosas casa de veraneo. Sin embargo, no me importaba tanto como creía, porque siempre hacían esfuerzos para incluirme en la conversación cuando no sabía de qué hablaban, un esfuerzo que podía apreciar.
Sin embargo, me estoy desviando: hablaba de mi madre... el caso es que, un día, tuvo una conversación conmigo:
-¿No crees que tus amigos son algo... liberales?
-No sé a qué te refieres-lo sabía perfectamente.
-Me parece que no hacen sólo lo que está permitido, ya sabes.
-Tengo amigos por una vez, y no te gustan-protesté-. Mamá, los que hacen eso son sólo dos o tres, no todos nosotros. Yo casi nunca voy con la pandilla, ya lo sabes.
-Pero ese chico, Javier, no parece muy bueno para ti...-lo dijo como si tuviéramos perspectivas de matrimonio.
-¡Por favor! Es el único chico normal de todo el grupo, te lo aseguro. Además, si supieras por lo que ha pasado... de verdad, no iría con él si estuviera segura de que no te iba a gustar.
-Bueno, está bien... pero que sepas que he invitado a Blanca a pasar el día aquí hoy contigo-anunció mi madre-es una buena chica, te irá bien cambiar de aires.
Su cara culpable revelaba que sabía desde el principio que la visita no me iba a gustar.
-¡Mamá!-exclamé.
-Hija, esos chicos no son como ella ni como nosotros, es mejor ir variando...
-Mamá, si lo único que hace Blanca es escaparse de su casa para ir a ver a Javier-expliqué-no es tan perfecta como tú crees, de verdad.
Se oyó la campanilla de la puerta de entrada-mis abuelos están chapados a la antigua, y nunca han querido poner un timbre en su puerta; dicen que la campanilla es más suave y más romántica-.
-Debe de ser ella, ve a abrir-ordenó mi madre con una sonrisa-y por favor... no hagas tonterías.
Refunfuñando, abrí la puerta. Allí estaba ella, con un vestido estampado de flores, un lazo en el pelo y la mejor y más falsa de sus sonrisas. "Hipócrita" pensé.
-Hola...
-¡Paula!-saludó ella como el primer día, estampándome un beso en la mejilla-me alegro mucho de verte. ¿Vamos a tu habitación?
-Vale-asentí de mala gana.
Subimos y, en el trayecto, me prometí hacer lo posible por pasármelo bien, para que mi madre no se enfadase y hacerlo todo mucho más agradable.
-Bueno, hemos de hablar-comenzó en cuanto se cerró la puerta de mi habitación, abandonando su pose de niña buena-¿sales con Javier?
-Eso a ti no te importa-respondí de mala manera, sin querer.
-En realidad, sí-dijo ella-ya te lo advertí; él no es para ti... vivís a dos horas de distancia el uno del otro.
-Aun así, no es asunto tuyo lo que haga o deje de hacer-insistí, sentándome sobre mi cama.
-Mira, guapa... no quiero hacerte daño, pero no es que Javier tenga la mejor opinión de ti, según dicen. Me explicaré; él se da cuenta de que vas detrás suyo como un perrito faldero. Realmente, le pareces patética.
"Suerte que no querías hacerme daño" pensé. Y es que estaba dolida. ¿En serio Javier pensaba eso de mí? ¿Es que no podíamos ser amigos y punto? Realmente, ese pueblo era de locos...
De pronto, sonaron unos golpecitos en la puerta, y Laura apareció en la habitación. Mirando enfadada a Blanca, dijo:
-Pasaba por aquí y he venido justo a tiempo... para decirle a Paula que lo que Blanca está diciendo es, en realidad, lo que piensa de ella Javier.
-No te metas, tú no le importas-respondió Blanca.
-Oíd, ¿no podemos jugar a cartas y olvidarnos de Javier por un rato, por favor?-supliqué. No necesitaba pensar más en él, y menos en aquella especie de culebrón que Blanca estaba empeñada en protagonizar.
Saqué una baraja de cartas del cajón y repartí. Jugamos un rato, pero enseguida se presentó mi madre:
-Ha venido a verte Javier, Paula. ¡Ah! Hola, Laura, no sabía que estuvieras aquí.
Javier entró en la habitación sonriendo. De pronto, al tropezar con la mirada de Blanca, soltó una exclamación.
-Eh... ¿qué haces aquí?-fue lo único que acertó a decir.
-Charlaba con Paula... ¿vas a quedarte mucho rato?-preguntó Blanca con mirada obsesiva.
-No lo sé-respondió Javier.
Me miró con reproche y me encogí de hombros en un gesto de impotencia; no tenía ni idea de cómo iba a terminar todo aquello.

lunes, 30 de agosto de 2010

Episodio 25: ¿qué he de hacer?

Al día siguiente, volví a salir. Quería verle, y sabía que sólo salía por eso, aunque intentase convencerme de que únicamente quería charlar un ratito con Laura, tal como le dije a mi madre que haría, aunque, por su modo de mirarme, intuí que sabía el por qué de mis ganas de salir.
Caminé unos minutos por el camino empedrado y bordeado de rosas. Sin darme cuenta, el pueblo estaba comenzando a parecerme más bonito; no sabía si era porque tenía amigos allí o porque me estaba haciendo mayor y ya no me importaba tanto ceñirme a mi versión horrible del pueblo.
-¡Eh, Paula!-gritó una voz. Me volví. Era él.
-¿Qué tal?-saludé. Me di cuenta de lo mucho que me gustaba que dijera mi nombre.
Él se acercó con una sonrisa, y me preguntó adónde iba.
-Iba a ver a Laura.
-¡Ah!-soltó Javier, con expresión culpable. Me pareció que no quería verla, como era lógico justo después de romper. Sin embargo, en cuanto me despedí de él para ir a buscarla, dijo:
-¡Espera! Te acompaño.
Caminamos juntos hacia la plaza, como el día anterior habíamos caminado hacia la playa. Me gustaba saber que estaba a mi lado, hablando conmigo sobre cierta asignatura suspendida o cierto deporte que le encantaba. Aunque estaba sumergida en mis pensamientos, pude mantener una conversación con él, que me sirvió para conocer otros aspectos de su vida en el pueblo-que a mí se me antojaba, para cualquier adolescente, aburrida y sin gracia-. Descubrí que no era tan terrible vivir ahí, que también se montaban sus fiestas y, en cuanto necesitaban algo que allí no podían conseguir, siempre había un hermano mayor, un padre simpático o un abuelo "marchoso" dispuesto a llevarles a todos a la ciudad más cercana-ésa era la ventaja de que todos se conocieran allí-.
Llegamos sin darnos cuenta al callejón que dominaban los amigos de Javier. Laura estaba entre ellos, y abrió mucho los ojos al vernos llegar juntos. Me di cuenta de que tal vez había sido un error que él me acompañara.
-¡Tío! ¿Qué te pasó ayer por la tarde? Habíamos quedado, ¿te acuerdas?-soltó uno de los chicos.
-Perdona, se me... olvidó-se disculpó Javier.
-Vaya, que rápido te echas novia-dijo una voz al fondo. Blanca salió de entre dos chicos que la miraban con admiración, acompañada de Paloma.
-¿Qué haces aquí?-suspiró él.
-Me he pasado para charlar un rato con tus... amigos. Aunque también me gustaría hablar contigo. A solas.
-Lo siento, estoy ocupado-dijo Javier.
-¿Con ella?-preguntó Blanca.
-No, con todos.
Miré a Laura, que seguía mirándome con expresión indiferente, que no disimulaba del todo su pizca de celos. La saludé con la mano y ella me respondió con una sonrisa de plástico.
-Oye, si nos dejas en paz, sería perfecto-le dije yo a Blanca.
-Perdona, no quiero robarte tiempo con tu chico-replicó, marchándose.
¿Es que siempre tenía que aparecer en los mejores momentos para estropearlos? ¿Por qué no seguía haciendo de muñequita de sus padres y nos dejaba en paz? Y Laura, ¿realmente había apartado su mente de Javier? Yo sabía que tenía que dar un paso, decirle a Javier que dejase de andar conmigo o seguir con él... ahora sabía bien lo que quería. Pero no lo que tenía que hacer.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Episodio 19: una triste sorpresa

Estaba claro que tenía que encontrar a Javier, fuera como fuese, en la playa, con la pandilla o incluso en su casa, aunque no sabía bien dónde estaba. Desde luego, le hubiera preguntado a Laura, y ésta posiblemente hubiera sabido dónde se encontraba el chico, pero no me atrevía a hacerlo por miedo a provocarla otra vez.
Probé primero en el punto de reunión de la pandilla-a los que, por otra parte, hacía un tiempo que no veía-.
-¡Paula! ¿Tú por aquí? ¡Pensamos que te habías vuelto con Blanca y Paloma!-exclamó un chico sonriendo.
-Ya ves que no... es que he estado liada con mi familia estos días-expliqué-¿habéis visto a Javier?
-No-replicaron ellos. A todas las chicas se les veía una expresión curiosa en la cara, y los chicos me observaban burlonamente.
-¿Sigue saliendo con Laura?-preguntó una de las chicas.
-Sí, ¿por qué?
-¡Qué raro...!-exclamaron los chicos, riendo entre ellos.
Yo me despedí y di media vuelta, porque el tono de aquella última exclamación era más que evidente.
Le busqué minuciosamente por el pueblo, decidida a que me diera la explicación prometida; no me iba a quedar sin ella. Al ver que no estaba ni en la playa, ni en el campo, ni con Laura, ni con sus amigos, decidí ir a buscarle a su casa. Sabía a medias dónde se encontraba, y logré llegar sin contratiempos, para mi gran sorpresa.
Llamé al timbre y me abrió un señor de unos cuarenta años, que tenía los ojos y la nariz de Javier, por lo que supuse que sería su padre. Iba vestido con ropa de verano, y su expresión no era precisamente amigable, pero pregunté por el chico.
-Sí, enseguida viene-respondió con una voz suave que no había esperado en él-¡Javier! Tienes visita.
-¿Qué?-se oyó la voz sorprendida de Javier-espera un minuto... ya bajo.
-Hola-saludé tímidamente cuando apareció.
-¿Qué quieres?-preguntó. A pesar de la pregunta, no parecía enfadado, sino más bien muy sorprendido.
-Tenemos que hablar, ¿recuerdas?
-Claro-recordó-bajemos a la playa, ¿quieres?
Asentí y nos fuimos hasta la playa caminando. Tras unos minutos en silencio, decidí tomar las riendas de la conversación y preguntar lo que había ido a preguntar.
-¿Por qué estabas... así el otro día?
-¿Por qué estaba llorando?-tradujo él con una sonrisa irónica-la verdad es que es por algo muy personal que nunca he contado a nadie. Y no sé si contártelo a ti.
-Si es muy personal, es tu decisión... pero dijiste que me lo contarías-le recordé, impulsada por la curiosidad.
Él se quedó callado, como si no hubiera oído mi comentario. Seguimos caminando hacia la playa, aunque yo prefería alargar lo menos posible el paseo, por Laura y por mí misma, porque empezaba a sentir cosas que no quería sentir...
-La verdad-exclamó de pronto-es que me apetece contárselo a alguien. A lo mejor así me lo... saco de dentro.
No dije nada, sabiendo que era mejor dejar tiempo para que hablase él mismo de lo que tuviera que hablar. Sucedió justo como esperaba.
-Bueno... es algo complicado... no, en realidad es muy sencillo. Tiene que ver con mi familia.
-¿No será el mismo rollo de los demás, no? Eso de "mi familia me avergüenza" y cosas por el estilo-soplé, abandonando la delicadeza. Es que estaba harta de ese tema.
-Nooo-dijo-tiene que ver con algo malo, pero me refiero a algo realmente importante-me gustó que lo que sus amigos consideraban importante para él no lo fuera. Tenía más personalidad de la que yo esperaba.
-Entonces, ¿qué es?-pregunté, a punto de reventar de curiosidad.
-Pues... mi madre, hace unos años...-murmuró él-bueno, ella... murió. De un... ataque al corazón.
Me quedé callada. ¿Qué puede decirse en situaciones como esta? Había esperado algo grave, pero no de ese calibre, por supuesto.
-No quiero que te compadezcas de mí ni nada de eso, ¿vale?-me dijo, de mal humor otra vez.
-Oye... no quiero compadecerme de ti, en serio... pero lo siento-respondí con sinceridad. Creo que él captó que no era una simple muletilla para dar el pésame, porque me sonrió de pronto.
-Bueno, la verdad es que no suelo... llorar por esto-explicó, avergonzado-pero es que últimamente mi casa va de mal en peor. Mi padre... apenas nos habla desde que mi madre murió. Me parece que cree que no nos entristece demasiado.
-¿Cómo va a pensar eso?-exclamé, sorprendida.
-Porque somos dos chicos, yo y mi hermano mayor, y no le acompañamos mucho en su dolor cuando mamá murió. La verdad es que ambos nos...
-Os encerrasteis en vosotros mismos, ¿no?-murmuré.
-Algo así. De ahí que él piense eso.
-Pues tu no debes pensarlo-repliqué, aunque temiendo que me dijera que no me metiera en sus asuntos-aunque sólo sé esto desde hace unos minutos, se nota que... la echas de menos.
-No sabes cuánto-suspiró él, mientras continuábamos nuestro camino.
A mí había dejado de parecerme un "chico malo"; ahora sólo me parecía un chico desgraciado, pero que, si quería, y tal vez con ayuda, podía salir adelante.

Episodio 18: paces

Al día siguiente apenas me atreví a salir de casa, pero quería hablar con Laura acerca de nuestra discusión el día anterior; me cambié, me duché y me vestí con unos shorts azul marino y una camisola amarillo claro. Después de terminar de arreglarme, me dirigí a casa de Laura. Intenté avisarla por teléfono, pero no me respondía las llamadas, por lo que lo dejé y decidí presentarme en su casa sin avisar-éstas son las cosas que puedes hacer en según qué sitios, cuando conoces a todo el mundo y todo el mundo te conoce a ti-.
En cuanto llegué, me abrió la puerta su madre, que pareció muy sorprendida de verme allí-aunque quizá eran solo imaginaciones mías, claro-.
-¡Paula!-exclamó-pasa, pasa. Laura está en su habitación... aunque no sé si...-se notaba que estaba mirando a su hija, probablemente situada en un lugar en el que no podía verla.
-Gracias-dije, entrando en la casa tras ella. Lo cierto es que Laura tiene una de las casas más bonitas del pueblo-durante el tiempo laboral, sus padres trabajan conjuntamente en una ciudad vecina, como diseñadores de interiores, por lo que siempre saben cómo hacer que su casa, que no es muy grande, se vuelva espaciosa pero bien adornada-.
Subí a la habitación de Laura, que es muy grande, porque, como no tiene hermanos, siempre ha sido un poco "la princesita de la casa". Ella estaba tirada en la cama, fingiendo que llevaba allí horas, pero se notaba que era mentira por la cama, que tenía las sábanas perfectamente lisas.
-¡Oh! Hola-saludó con desgana.
-Oye, Laura, yo... de verdad que lo de ayer iba en serio... tú me importas más que Javier, y espero que no pienses que soy lo suficentemente mala amiga como para ir por ahí ligando con los novios de mis amigas, porque no es así. Si no quieres, no hace falta que me hables, ni nada de eso, pero me da rabia que pienses que soy capaz de hacerte una burrada así-solté de un tirón, casi sin respirar. Después, al no recibir respuesta de Laura, me di la vuelta y me fui.
-Espera...
Volví a girarme hacia Laura, y descubrí, para mi alivio, que sonreía.
-No estoy enfadada contigo, pero es que ayer... Javier se puso en un plan muy callado, justo después de que hablásemos de ello, y me desahogué contigo. Lo siento.
Yo también sonreí, y con eso fue suficiente.
-¿Vamos a hacer algo?-propuse, como si nunca hubiera habido enfados entre nosotras.
-No puedo... mi madre está redecorando la casa y he de ayudarla-reconoció, casi con vergüenza.
-Eh, no pasa nada-dije-ya me enseñarás la casa cuando esté terminada.
Nos despedimos y me fui.
Ahora ya sólo tenía un problema que resolver, y quería resolverlo en aquel momento; fui a buscar a Javier para que me explicara qué demonios había significado aquella escenita de la playa y luego la del restaurante.

lunes, 2 de agosto de 2010

Episodio 16: cena con Laura

Pasaron dos días tras aquella conversación con Javier, en los cuales estuve con mi familia, que había agarrado la "vena excursionista" y pasaba todo el día por los montes, los campos y las olas del mar. La cala estaba situada en un punto estratégico, entre el pueblo y la montaña, por lo que cuando hacíamos excursiones por las montañas que rodeaban la parte este del pueblo, podíamos ver, desde lo alto, el oleaje y el color azul del mar, que salpicaba la arena dorada con miles de gotitas color aguamarina, y empapaba las rocas con su fuerza devastadora.
Sin embargo, al tercer día de esa agradable rutina familiar, me llamó Laura, para reprocharme mi ausencia, según ella eterna.
-Tenemos que quedar cuanto antes-dijo.
-Vale... ¿qué tal esta noche?-pregunté.
-Muy bien, vamos a Mario's a cenar, ¿vale?
-Antes de decir que sí, una pregunta... ¿piensas traerte a tu novio?
-No... salida de chicas-aclaró intentando un tono bromista. Pero intuí que algo pasaba entre ellos dos, algo no muy bueno.
-Bueno, pues te pasas por mi casa a las nueve.
-Vale, hasta las nueve.
-Hasta ahora...
Nos despedimos y fui a decírselo a mis padres-y ya de paso, a sacarles algo de dinero, porque yo no es que ahorre mucho, la verdad-.

Hacia las nueve, Laura pasó a buscarme.
-¡Hola!-dijo.
-Hola. ¿Qué tal todo?-se me estaba pegando la muletilla de Javier.
-Bien... bueno, más o menos.
-¿Por qué?
-Pues... es Javier. Sigue tan raro como antes. Unos besos y luego ni siquiera me llama.
-No creo que tengas que preocuparte porque no te llame. Es un chico, tiene su vida, y no te ofendas, pero tiene más amigos y más compromisos aparte de ti...
-Lo sé, lo sé-resopló Laura-pero no sé si yo quiero seguir con él. Es demasiado... raro para mí. Siendo amigos eso no importaba, pero ahora me gustaría que me contase más cosas, y no lo hace nunca. Creo que voy a romper con él.
-¿No deberías hablar primero de lo que te pasa?-pregunté, sorprendida.
-Sí, es verdad, pero me da algo de corte decírselo así. En fin, voy a llamarle y a ver qué tal.
Casi me caigo al suelo del susto. Cuando le dije que hablase con él, me refería en persona y a solas, no por teléfono y menos conmigo delante-si supiera lo que había pasado en la playa, seguramente se lo pensaría-. Pero no podía contárselo, y además ya estaba llamando.
-Hola, ¿Javier? Soy Laura. Tenía que hablar contigo sobre una cosa... sí, claro. ¿En serio? Qué chulo. Pero quería decirte que...-Laura intentaba establecer conversación con el chico, pero estaba claro, según lo que oía, que él prefería hablar de otras cosas.
-Me voy al baño-murmuré, ya que habíamos llegado a Mario's. No tenía nada que hacer en el baño, pero prefería no escuchar la conversación de mi amiga con Javier. Cuando volví, al cabo de unos minutos, Laura ya había terminado de hablar, como esperaba. Le pregunté qué tal.
-Me ha dicho que no me puede contar tantas cosas como le gustaría, que son cosa de su familia, no de él. Aunque nunca me había ni nombrado a su familia, así que eso ya es algo-vi que casi resplandecía de contento. Desde luego, aunque mi amiga era muy simpática, se conformaba con poco. Si Javier me hubiera dicho eso a mí, le habría tirado de la lengua todo lo posible... aunque no después del "incidente".
-Oh, por cierto-me dijo, algo incómoda-va a venir a cenar.

sábado, 31 de julio de 2010

Episodio 14: cena familiar

Me hubiera quedado para siempre pensando en la playa, porque tenía muchas cosas en las que pensar, pero tenía compromisos que cumplir con mi familia, y mis controladores padres se preocuparían si no llegaba pronto. Además, había ciertas cuestiones que no quería resolver, y me olvidaría de ellas parcialmente hablando de otras cosas con mi familia.
Nos dirigimos todos a Mario's, el famoso-seguramente por ser el único-restaurante del pueblo. Algunos de los chicos de la pandilla me encontraron por el camino y me saludaron, algo sorprendidos de verme con mis padres. Más de uno me guiñó el ojo, como hacían con las chicas que encontraban lo suficientemente guapas. Yo no me encuentro fea, es verdad, pero sé que no soy una belleza viviente; alta, delgada, morena, pelo negro, lo suficientemente liso como para no considerarlo ondulado, y ojos de un extraño color. Porque si hay algo de mi aspecto que me enorgullezca, son mis ojos; nadie ha podido todavía clasificarlos como un solo color, o un "bicolor" (como azul-verdoso, o algo parecido). Porque mis ojos son negros por fuera, verdes en el exterior, castaños un poco más adentro, algún reflejo amarillento y pupilas negras y grandes, que me han dicho alguna vez que parecen túneles sin fin. No quiero parecer presumida, y sé que estoy logrando pasar por una, pero realmente hay más cosas que me disgustan de mi aspecto a las que me gustan. ¿Ejemplos? El acné, muy típico de esta edad, y parece que todas mis amigas lo llevan de maravilla, pero es algo que no puedo soportar, de ahí que me compre cremas carísimas para mantener mi cara intacta. Lo consigo bastante bien, pero siempre quedan uno o dos granos, y con ellos me obsesiono hasta que desaparecen. Otra cosa son mis cejas, no me gustan nada; no soy uniceja ni nada parecido, pero no me gustan. Es así y punto. Parecen cosas estúpidas, pero todo el mundo odia algo de su aspecto
(se ve que hasta Shakira odia la mitad de las cosas de su cuerpo, lo que no me extraña, porque es puramente artificial, como la cara de Belén Esteban, vamos).
El caso es que nos fuimos a cenar, y como si mis padres quisieran desquitarme de mi objetivo de no pensar en Javier, comenzaron a preguntarme por esos chicos y por otros.
-Hace ya mucho que no te veo con Blanca o Paloma-comentó mi madre, preocupada-siempre vas con esa chica que viste sólo ropa negra. Parece gótica... y pasas mucho tiempo fuera de casa.
-¿Quiénes eran esos chicos que te han saludado? Uno tenía un tatuaje que no parecía salido de los Cheetos-añadió mi padre con severidad.
-Papá, no te preocupes, a mí tampoco me inspiraban mucha confianza, pero son buenos chicos, de verdad. Hay un par que no son tan buenos... pero con ellos no hablo casi nunca, sólo cuando los encuentro por la calle, por educación. De verdad, son como tú o yo. Y por cierto, Laura no viste sólo ropa negra, es que le gusta ese color, pero yo la he visto mil veces de otros colores más vivos.
-De acuerdo-se resignaron mis padres, pero enseguida comenzaron a hablar de Blanca y Paloma, como todos los adultos del pueblo-¿sabes qué me contó Blanca esta mañana? Estaba con sus padres en una reunión de amigos, y me dijo que te habías hecho muy amiga de cierto chico... Javier. Ella habla mucho con él y dice que te nombra siempre. Eso sí, nos ha dicho a mí y a tu padre que no es muy de fiar, que no te dejemos mucho tiempo sola con él, porque fuma y ha bebido un par de veces. ¿No es encantadora esa niña? Se nota que te tiene cariño.
-Lo único que quiere es ligar con él-les expliqué a mis padres, sin esperanzas de que me creyeran-ya la he visto un par de veces con Javier, y realmente lo único que hace es flirtear una y otra vez. Pero Javier sale con Laura, así que pierde el tiempo.
-¿En serio?-dijo mi abuelo, meditativo-sí que parecía demasiado preocupada, ¿no crees, Alicia?-le preguntó a mi madre.
-Nosotros estábamos en el parque ayer y la abuela se había ido a comprarnos un helado-explicó mi hermana, sintiéndose importante por saber algo que sólo Marc y ella sabían-y pasó Blanca hablando con su mejor amiga. Le estaba diciendo que Javier le había dicho que no quería ser su novia, o sea que ¡ya no se podrán casar!-suspiró, triunfal. Es increíble como la mayoría de los niños pequeños relacionan las palabras "novio", "salir" y "enamorado" con el matrimonio. Es un razonamiento lógico, es verdad, pero no cuando los chicos en cuestión tienen 14 años, ¿no?
Mis padres y abuelos rieron la gracia, y también yo. La verdad es que estaba contenta de oír aquello, aunque la verdad es que no sabía si era porque Laura ya no tendría problemas de confianza con el chico, o por algo referente a mis sentimientos...

Episodio 13: hablando con la mirada

Continué mi paseo hasta la cala, que me recibió con una bocanada de aire salado, arrebatándome de golpe todo el calor veraniego que llevaba conmigo desde la mañana. Pensé en volver de nuevo más tarde, de noche, porque si hay algo que no resisto es la vista de una playa nocturna y solitaria. Es romántico y además perfecto para pensar, estar sola, recordar y todas esas cosas que todos necesitamos alguna vez.
Sin embargo, en cuanto me acerqué más al mar, saltando las rocas para que mis pies descalzos disfrutaran con el calor y el tacto medio picante de la arena, vi que no estaba sola aquella vez. Suspiré, resignada a compartir mi momento de meditación con un desconocido. Observé mi aspecto, algo desaliñado, porque no me gusta que me vean cuando no estoy muy presentable, excepto mis amigas. Pensé que no estaba tan mal, sin embargo; bermudas blancas y blusa larga y azul, algo arrugada. En los pies no llevaba nada, y había pasado todo el camino completamente descalza, y disfrutando de ello. Tampoco era cuestión de compartir mis pensamientos con aquel desconocido, o de ofrecerle una pasarela de modelos en la playa, pero aun así... había algo en él que me recordaba a alguien conocido.
Me acerqué lentamente, cuidando de que no me sorprendiera espiándole. Tal vez no era quien yo creía que era... si no, ¿qué diablos hacía plantado en la playa, solo, pensativo? Imposible. Javier jamás haría algo así, estaba segura.
De pronto, comenzó a convulsionar los hombros, como si estuviera sollozando. ¿Él? No, no era él. Segurísimo. ¿Por qué iba a serlo? ¿Por qué querría llorar? Era el líder de sus amigos, tenía una novia muy guapa y majísima, no parecía de los que tienen problemas en casa, y su vida parecía una fiesta permanente. ¿Qué razón había para llorar? "Seguro que no es él", me dije, pero cada vez estaba menos convencida. Porque quizá, tras aquel misterio que parecía envolver su personalidad, se escondía un chico como los demás, que también tenía derecho a tener preocupaciones y problemas, como todo el mundo. Quizá su indiferencia hacia todo y hacia todos era una forma de proteger lo que fuera que guradase en su interior.
Me aproximé más aún a él, pero no me escuchaba. El sonido de su llanto amortiguaba el ruido que hacía yo al andar y respirar. Distinguí claramente su cabello castaño y desaliñado, que siempre llevaba del mismo modo, como si quisiera hacer ver que no daba importancia al peinado, aunque yo podía imaginarle en su casa peinando cada mechón de un modo distinto.
De pronto, tuve un impulso casi suicida. No sabía si le apoyaría mucho mi actitud, o si me mandaría a paseo y me obligaría a no contárselo a nadie-cosa que desde luego no pensaba hacer, excepto tal vez a Mónica, que no le conocía de nada-, pero quería probarlo. Verle allí, solo y con su chulería hecha trizas, me sorprendió y gustó, casi más de lo que querría, así que me puse a su altura, me senté a su lado y me quedé allí, en silencio.
Él se giró sorprendido, y al verme allí se quedó sin palabras. No sé si su primer impulso sería contarme lo que sucedía o enfadarse conmigo, pero lo reprimió. Dejó de llorar en el acto, eso sí. Pero hizo lo que yo; seguir sentado, en silencio, pensando, contemplando el sol casi absorbido por la fina línea que trazaba el mar en la lejanía.
Así nos quedamos media hora o más, cada uno pensando en sus propias cosas, aunque también pensando, sin sentir por ello nervios o vergüenza, en la presencia del otro. Sin embargo, de pronto, Javier se levantó, e incómodo, me dijo:
-Nos vemos mañana.
-Vale.
Esas fueron las únicas palabras que nos dijimos en aquella hora, sentados en la playa. Nos dijimos eso verbalmente, porque a pesar de aquel breve intercambio de palabras, nuestras miradas, o simplemente nuestra presencia conjunta allí (que muchos imaginarían como obra del destino), fueron suficientes como para decirnos todo lo que quisiéramos, para expresar el apoyo por mi parte, el agradecimiento por la suya, y muchos otros sentimientos que nunca fueron hablados.
Muchas veces he pensado que no se puede decir nada con los ojos.
Desde aquel día, he dejado de pensarlo.


lunes, 26 de julio de 2010

Décimo episodio: cohetes en la playa

Aquella noche bajé a la playa tras avisar a mis padres. Creo que éstos pensaba que iría a casa de Blanca o de Paloma, e incluso me dijeron que les diera recuerdos de su parte. Si hubieran sabido con qué gente me iba, lo que iba a hacer... si yo misma lo hubiera sabido semanas antes, tampoco me habría entusiasmado con la idea. Pero mi afán de encajar con el resto de gente, o de tener al menos vida social, como estaba acostumbrada, era mayor que la voz de mi conciencia, que me decía que podía acabar en un lío si la policía nos pillaba a mí a mis amigos en la playa con cohetes. Era solo el segundo día, demasiado pronto como para meterme en un lío, ¿no?
-¡Has venido!-exclamó Laura al verme. Parecía contenta, pero creo que estaba algo nerviosa, supongo que por haberme confiado un secreto suyo.
-Aquí estoy... ¿seguro que no haremos nada malo?
-Me han dicho que es seguro-respondió ella, pero la misma parecía poco convencida.
Bajamos con los demás a la cala, que a la luz de la luna era más encantadora que nunca. Algunos habían comprado botellas de refresco en el supermercado, que se iban pasando de mano en mano. Todos reían y charlaban al mismo tiempo, quitándose la palabra unos a otros; yo me sentía en mi salsa en aquel ambiente relajado, pero no sabía cuánto tiempo más duraría aquella escena y pasaríamos a la de armar follón. En un pueblo tan pequeño, cualquier lío puede acabar en desgracia, cosa que no pasa en una gran ciudad, donde los policías tienen más ocupaciones y más delincuencia con la que acabar como para preocuparse de unos adolescentes con ganas de fiesta.
-Venga, chicos, se nos acaba el tiempo. Paula se va a las doce y aún no ha podido ver nada; tendremos que adelantarlo todo-explicó Mario, uno de los chicos que había conocido esa noche.
-Por mí no lo cambiéis, por favor. No me importa, lo veré otro día, me quedo aquí dos meses-dije, intentando fingir que era para mí un sacrificio en lo meterme en su barullo. Debí fingir demasiado bien, porque todos comenzaron a pedirme que me quedara allí con ellos, que no les importaba adelantarlo. Incluso las chicas más despreciativas por mi aspecto "de ciudad", que para ellas significaba no llevar ropa oscura ni botas militares-las "amigas" de las que me había hablado Laura por teléfono-no querían que me fuera sin haber visto a la pandilla en plena acción, quizá para demostrarme que eran más duros de lo que imaginaba.
Comenzaron a sacar cohetes de las mochilas, los petardos más grandes que les habían sobrado de la noche de San Juan. Algunos traían mecheros, y de paso se encendieron unos cuantos pitillos, que dejaron al poco tiempo, intentando ocultar sus accesos de tos. Me dieron ganas de reírme, pero decidí salvar las apariencias y dejar pasar un poco de tiempo antes de reírme con confianza.
-Venga, encenderlos de una vez-dijo Laura, nerviosa.
-Vale... no te pongas así-murmuró Javier.
-Así, ¿cómo? Sólo he dicho que los enciendan, nada más. ¿Qué te pasa últimamente?-dijo Laura, enfadada.
-No me pasa nada, eres tú quién está rara-replicó el chico.
Todos habían callado y observaban, excepto un par de chicos que seguían en torno al mechero, intentando encender los cohetes.
-Eso no es verdad, siempre me evitas, haces ver que no estoy, ni siquiera me llamas-gritó Laura, ajena a todas las miradas.
-Mira, si crees que no quiero salir contigo, ¿por qué no me lo dices de una vez?
-¡Parece que no quieras!
-¡Pues te parece mal!
Acabaron los dos callados, mirándose mutuamente el uno al otro, con los ojos llameantes de furia. De pronto, uno de los cohetes estalló, sobresaltándoles a ambos, que miraron en torno a ellos y descubrieron a todo su grupo atento a la discusión.
-¿Puedes venir un momento?-preguntó Javier en voz baja.
-Sí-masculló Laura.
Los dos se fueron hacia las rocas, separados del resto. Les vi hablando, y justo cuando estallaba el segundo cohete, se escondieron algo más entre las rocas. Al cabo de un rato vi de reojo que se besaban. "Laura debería dejar los besos y decirle que no le conoce bien, que es la verdad" pensé.
Pero ellos volvieron juntos y no pude hablar con ella. Los cohetes estallaban uno tras otro, creando una lluvia multicolor en el cielo, que parecía descender hasta el océano.