Hola, soy Paula Martín. Hace un tiempo viví una entrañable historia de amor, que he querido compartir con todos los internautas que se pasen por aquí. Viajad con vuestra imaginación a las playas, los campos, las casas de piedra y el sol de verano...
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sábado, 28 de agosto de 2010

Episodio 24: un paseo por la playa

Salimos de Misa a las doce en punto. Me quedé fuera y le dije a mi abuela que podía ir volviendo a casa, porque yo iba a hablar con un amigo.
Esperé sola a Javier, que tardó bastante en salir de la iglesia. Aquello me sorprendió, ya que la Misa había acabado hacía por lo menos un cuarto de hora. Unos cuantos amigos de mis abuelos y algunos chicos del pueblo me vieron y se quedaron charlando allí conmigo, pero al final me quedé yo sola en la placita enfrente de la iglesia.
Cuando ya pensaba que a lo mejor él se había marchado por otro lugar, o se había quedado dentro con el sacerdote, ayudándole a recoger, y me iba a marchar, salió.
-¡Paula!-me llamó. Me di la vuelta y le vi ahí, sonriente, muy distinto de como le había visto momentos antes.
-Hola, te estaba esperando-le dije. Nos pusimos a caminar lentamente en dirección a la playa.
-¿Para qué me esperabas?-me preguntó mientras andábamos.
-Bueno, yo me he enterado de lo de Laura, y quería saber qué tal estabas... ya sabes, después de lo que hablamos, además, el otro día...
-Sí, y supongo que te enteraste de la bromita de Blanca.
-Ya... tuve una "conversación" con ella cuando Laura me lo contó.
Javier se paró. Ya habíamos llegado a la playa. Se sentó en la arena, como aquella vez, hacía unas semanas.
-La verdad es que no me duele mucho romper con Laura. Es una buena amiga, pero nada más-suspiró-mejor dejarlo así. Llevábamos demasiado tiempo con esta tensión. Romper es lo mejor que ha podido hacer.
-Pero entonces-repliqué yo-¿por qué no habías roto ya con ella?
-Porque no quería enfadarme con ella, y hasta hace unos días, estoy seguro de que se hubiera enfadado. ¿Por qué lo preguntas?-me miró con picardía-¿celosa?
-Ya quisieras-sonreí, tumbándome en la arena.
Nos quedamos así, en silencio, pensando cada uno en nuestras cosas, que eran exactamente las mismas. No quería pensar en él, pero era realmente difícil teniéndole a mi lado, mientras los rayos de sol me dañaban los ojos.
-Bueno, yo voy a tener que irme ya-dijo él, levantándose y desperezándose-hasta luego.
-Adiós.
Le observé marcharse, y él se giró un momento para decirme adiós con la mano. Le saqué la lengua y me volví a tumbar.
Cinco minutos después de que se hubiera marchado, noté que había alguien a mi lado. Pensé que habría vuelto, así que abrí los ojos.
-Hola-dijo Blanca, sonriendo maliciosamente-veo que los paseos entre tú y Javier son ya muy frecuentes. A Laura le interesará saberlo...
-No creo que le importe, ahora que ha roto con él-le contesté, haciendo pantalla con una mano sobre mi frente para protegerme del sol. Pude ver perfectamente su expresión de júbilo.
-¿Han roto? Entonces, yo de ti no me acercaría mucho a él. Lo digo porque Laura es realmente celosa con este tema...
-No tanto como tú, eso seguro. Sobretodo si ha sido ella quien ha roto.
Me levanté y me fui. Cuando ya estaba en el límite de la playa, oí a Blanca gritarme:
-¡Eso no cambia nada, cariño! ¡Si no quieres más problemas con Laura, mejor aléjate de Javier!
Aunque Laura me había asegurado que no pasaba nada, las palabras de Blanca me inquietaron. ¿Tendría razón? ¿Y qué debía hacer? ¿Seguir los sentimientos de Laura o los míos propios?

miércoles, 4 de agosto de 2010

Episodio 19: una triste sorpresa

Estaba claro que tenía que encontrar a Javier, fuera como fuese, en la playa, con la pandilla o incluso en su casa, aunque no sabía bien dónde estaba. Desde luego, le hubiera preguntado a Laura, y ésta posiblemente hubiera sabido dónde se encontraba el chico, pero no me atrevía a hacerlo por miedo a provocarla otra vez.
Probé primero en el punto de reunión de la pandilla-a los que, por otra parte, hacía un tiempo que no veía-.
-¡Paula! ¿Tú por aquí? ¡Pensamos que te habías vuelto con Blanca y Paloma!-exclamó un chico sonriendo.
-Ya ves que no... es que he estado liada con mi familia estos días-expliqué-¿habéis visto a Javier?
-No-replicaron ellos. A todas las chicas se les veía una expresión curiosa en la cara, y los chicos me observaban burlonamente.
-¿Sigue saliendo con Laura?-preguntó una de las chicas.
-Sí, ¿por qué?
-¡Qué raro...!-exclamaron los chicos, riendo entre ellos.
Yo me despedí y di media vuelta, porque el tono de aquella última exclamación era más que evidente.
Le busqué minuciosamente por el pueblo, decidida a que me diera la explicación prometida; no me iba a quedar sin ella. Al ver que no estaba ni en la playa, ni en el campo, ni con Laura, ni con sus amigos, decidí ir a buscarle a su casa. Sabía a medias dónde se encontraba, y logré llegar sin contratiempos, para mi gran sorpresa.
Llamé al timbre y me abrió un señor de unos cuarenta años, que tenía los ojos y la nariz de Javier, por lo que supuse que sería su padre. Iba vestido con ropa de verano, y su expresión no era precisamente amigable, pero pregunté por el chico.
-Sí, enseguida viene-respondió con una voz suave que no había esperado en él-¡Javier! Tienes visita.
-¿Qué?-se oyó la voz sorprendida de Javier-espera un minuto... ya bajo.
-Hola-saludé tímidamente cuando apareció.
-¿Qué quieres?-preguntó. A pesar de la pregunta, no parecía enfadado, sino más bien muy sorprendido.
-Tenemos que hablar, ¿recuerdas?
-Claro-recordó-bajemos a la playa, ¿quieres?
Asentí y nos fuimos hasta la playa caminando. Tras unos minutos en silencio, decidí tomar las riendas de la conversación y preguntar lo que había ido a preguntar.
-¿Por qué estabas... así el otro día?
-¿Por qué estaba llorando?-tradujo él con una sonrisa irónica-la verdad es que es por algo muy personal que nunca he contado a nadie. Y no sé si contártelo a ti.
-Si es muy personal, es tu decisión... pero dijiste que me lo contarías-le recordé, impulsada por la curiosidad.
Él se quedó callado, como si no hubiera oído mi comentario. Seguimos caminando hacia la playa, aunque yo prefería alargar lo menos posible el paseo, por Laura y por mí misma, porque empezaba a sentir cosas que no quería sentir...
-La verdad-exclamó de pronto-es que me apetece contárselo a alguien. A lo mejor así me lo... saco de dentro.
No dije nada, sabiendo que era mejor dejar tiempo para que hablase él mismo de lo que tuviera que hablar. Sucedió justo como esperaba.
-Bueno... es algo complicado... no, en realidad es muy sencillo. Tiene que ver con mi familia.
-¿No será el mismo rollo de los demás, no? Eso de "mi familia me avergüenza" y cosas por el estilo-soplé, abandonando la delicadeza. Es que estaba harta de ese tema.
-Nooo-dijo-tiene que ver con algo malo, pero me refiero a algo realmente importante-me gustó que lo que sus amigos consideraban importante para él no lo fuera. Tenía más personalidad de la que yo esperaba.
-Entonces, ¿qué es?-pregunté, a punto de reventar de curiosidad.
-Pues... mi madre, hace unos años...-murmuró él-bueno, ella... murió. De un... ataque al corazón.
Me quedé callada. ¿Qué puede decirse en situaciones como esta? Había esperado algo grave, pero no de ese calibre, por supuesto.
-No quiero que te compadezcas de mí ni nada de eso, ¿vale?-me dijo, de mal humor otra vez.
-Oye... no quiero compadecerme de ti, en serio... pero lo siento-respondí con sinceridad. Creo que él captó que no era una simple muletilla para dar el pésame, porque me sonrió de pronto.
-Bueno, la verdad es que no suelo... llorar por esto-explicó, avergonzado-pero es que últimamente mi casa va de mal en peor. Mi padre... apenas nos habla desde que mi madre murió. Me parece que cree que no nos entristece demasiado.
-¿Cómo va a pensar eso?-exclamé, sorprendida.
-Porque somos dos chicos, yo y mi hermano mayor, y no le acompañamos mucho en su dolor cuando mamá murió. La verdad es que ambos nos...
-Os encerrasteis en vosotros mismos, ¿no?-murmuré.
-Algo así. De ahí que él piense eso.
-Pues tu no debes pensarlo-repliqué, aunque temiendo que me dijera que no me metiera en sus asuntos-aunque sólo sé esto desde hace unos minutos, se nota que... la echas de menos.
-No sabes cuánto-suspiró él, mientras continuábamos nuestro camino.
A mí había dejado de parecerme un "chico malo"; ahora sólo me parecía un chico desgraciado, pero que, si quería, y tal vez con ayuda, podía salir adelante.

sábado, 31 de julio de 2010

Episodio 13: hablando con la mirada

Continué mi paseo hasta la cala, que me recibió con una bocanada de aire salado, arrebatándome de golpe todo el calor veraniego que llevaba conmigo desde la mañana. Pensé en volver de nuevo más tarde, de noche, porque si hay algo que no resisto es la vista de una playa nocturna y solitaria. Es romántico y además perfecto para pensar, estar sola, recordar y todas esas cosas que todos necesitamos alguna vez.
Sin embargo, en cuanto me acerqué más al mar, saltando las rocas para que mis pies descalzos disfrutaran con el calor y el tacto medio picante de la arena, vi que no estaba sola aquella vez. Suspiré, resignada a compartir mi momento de meditación con un desconocido. Observé mi aspecto, algo desaliñado, porque no me gusta que me vean cuando no estoy muy presentable, excepto mis amigas. Pensé que no estaba tan mal, sin embargo; bermudas blancas y blusa larga y azul, algo arrugada. En los pies no llevaba nada, y había pasado todo el camino completamente descalza, y disfrutando de ello. Tampoco era cuestión de compartir mis pensamientos con aquel desconocido, o de ofrecerle una pasarela de modelos en la playa, pero aun así... había algo en él que me recordaba a alguien conocido.
Me acerqué lentamente, cuidando de que no me sorprendiera espiándole. Tal vez no era quien yo creía que era... si no, ¿qué diablos hacía plantado en la playa, solo, pensativo? Imposible. Javier jamás haría algo así, estaba segura.
De pronto, comenzó a convulsionar los hombros, como si estuviera sollozando. ¿Él? No, no era él. Segurísimo. ¿Por qué iba a serlo? ¿Por qué querría llorar? Era el líder de sus amigos, tenía una novia muy guapa y majísima, no parecía de los que tienen problemas en casa, y su vida parecía una fiesta permanente. ¿Qué razón había para llorar? "Seguro que no es él", me dije, pero cada vez estaba menos convencida. Porque quizá, tras aquel misterio que parecía envolver su personalidad, se escondía un chico como los demás, que también tenía derecho a tener preocupaciones y problemas, como todo el mundo. Quizá su indiferencia hacia todo y hacia todos era una forma de proteger lo que fuera que guradase en su interior.
Me aproximé más aún a él, pero no me escuchaba. El sonido de su llanto amortiguaba el ruido que hacía yo al andar y respirar. Distinguí claramente su cabello castaño y desaliñado, que siempre llevaba del mismo modo, como si quisiera hacer ver que no daba importancia al peinado, aunque yo podía imaginarle en su casa peinando cada mechón de un modo distinto.
De pronto, tuve un impulso casi suicida. No sabía si le apoyaría mucho mi actitud, o si me mandaría a paseo y me obligaría a no contárselo a nadie-cosa que desde luego no pensaba hacer, excepto tal vez a Mónica, que no le conocía de nada-, pero quería probarlo. Verle allí, solo y con su chulería hecha trizas, me sorprendió y gustó, casi más de lo que querría, así que me puse a su altura, me senté a su lado y me quedé allí, en silencio.
Él se giró sorprendido, y al verme allí se quedó sin palabras. No sé si su primer impulso sería contarme lo que sucedía o enfadarse conmigo, pero lo reprimió. Dejó de llorar en el acto, eso sí. Pero hizo lo que yo; seguir sentado, en silencio, pensando, contemplando el sol casi absorbido por la fina línea que trazaba el mar en la lejanía.
Así nos quedamos media hora o más, cada uno pensando en sus propias cosas, aunque también pensando, sin sentir por ello nervios o vergüenza, en la presencia del otro. Sin embargo, de pronto, Javier se levantó, e incómodo, me dijo:
-Nos vemos mañana.
-Vale.
Esas fueron las únicas palabras que nos dijimos en aquella hora, sentados en la playa. Nos dijimos eso verbalmente, porque a pesar de aquel breve intercambio de palabras, nuestras miradas, o simplemente nuestra presencia conjunta allí (que muchos imaginarían como obra del destino), fueron suficientes como para decirnos todo lo que quisiéramos, para expresar el apoyo por mi parte, el agradecimiento por la suya, y muchos otros sentimientos que nunca fueron hablados.
Muchas veces he pensado que no se puede decir nada con los ojos.
Desde aquel día, he dejado de pensarlo.


jueves, 29 de julio de 2010

Episodio 12: conversación y pensamientos

Pasó algo extraño en los días posteriores al "incidente" en la playa. Laura, ya menos desconfiada con la idea de que yo le "robara" a su amorcito, volvía a ser amiga mía como siempre, y me confiaba todos los pensamientos sobre su relación con Javier, todo aquello que le sucedía con él, que tal día se habían besado y otras cosas de ese estilo.
Sin embargo, cada vez que me lo encontraba, en vez de imaginarme al chico guapo y sensible que evocaba cuando Laura me hablaba de él, y eso que tenía que hacer un esfuerzo para imaginarlo así, siempre me parecía el mismo chulo con cazadora-la cazadora es una de las cosas que más recuerdo de él ese verano-.
-¿Qué tal todo?-me decía cada vez, con ese aire insoportablemente indiferente. Era algo que yo no podía ni aguantar.
-Todo bien, como siempre-respondía con una sonrisa, por mi amistad con Laura; sino hubiera sido por eso, lo mandaría a paseo cada día que lo encontrase.
Y él, como siempre, me observaba sorprendido, como si esperase algo más que aquel breve intercambio de palabras, como si estuviera seguro de que yo hablaría horas y horas con él si pudiese. Nada más lejos de la realidad. Por impulso no me gustan los chicos malos, y menos si son por añadidura unos chulos baratos. Nunca. Ni loca. Hablando por teléfono con Mónica, mi mejor amiga de Barcelona, le comentaba:
-Ese chico es muy, muy raro. A veces parece que quiera hablar conmigo, menos cuando está Laura delante, entonces sólo me observa como siempre y se queda charlando con Laura de tonterías varias, como si no se atreviera a hablar en serio con su novia conmigo delante.
-A lo mejor es que le gustas-aventuró ella.
-¡Sí, claro! Además, si fuera así, conmigo lo tiene claro. No puedo soportarle.
-Del odio al amor hay un paso...-canturreó ella, burlona.
-¡No, en serio! Es el típico... "chulito" de ciudad... en un pueblo-expliqué.
-Entonces presentamelo-pidió Mónica, a la que le encantan los chicos malos, a diferencia de mí.
-Ya lo haré, adiós fea.
-Hala, adiós. ¡Y a ver si te metes un poco en Facebook que se te echa de menos por allí!
-Vale, vale... lo haré. Hasta luego.
Colgué el teléfono y me puse a pensar; "¿y si le gusto de verdad? no, es demasiado imposible... ¿para qué querría salir conmigo un chico como él, tan... pasota? Seguro que sigue con Laura mucho tiempo más, y además Laura es amiga mía y a mí él no me gusta, de modo que tampoco llegaríamos muy lejos. En realidad, ni siquiera le daría oportunidad de pedirme salir, ¡o Laura se moriría de rabia! Y para una buena amiga que he hecho aquí, no voy a perderla por un estúpido chico".
Decidí dar un paseo por la playa para aclarar mis ideas. Ese lugar, ya lo he dicho antes, me parece el mejor "pensadero" del universo entero.
Bajé por el pequeño sendero que conduce a la cala desde la casa de mi abuela, tan bien situada para estas ocasiones. Era casi la puesta de sol, y pensé en que tal vez Javier y Laura estarían allí, en plan romántico... pero no tenían por qué estar allí ese mismo día, ¿no? Seguro que cada cual estaría en su casa o en el solar que parecía ser el punto de reunión de la pandilla.
-Mamá, voy a salir un rato a la playa-avisé a mi madre, que aparecía en aquel momento por el jardín.
-¿Con quién vas?
-Voy sola, mamá-suspiré. A veces me fastidia que intente controlarme de esa manera; ya soy mayorcita, ¿no?
-Vale, cariño, pero vuelve cuanto antes. Esta noche habíamos planeado ir a cenar toda la familia a Mario's. Ya sabes, han pasado unos cuantos días y todavía no hemos hecho un plan juntos.
-¡Genial!-dije. Aunque ahora tenía amigos que pensaban que ir a cualquier sitio con padres era de idiotas, tampoco me importaba demasiado; yo no soy de las que se sienten incómodas con su familia, creo que porque les quiero de verdad, así que no tengo reparos en ir con ellos al cine o a cenar.
Bajé a la playa, pensando en todo aquello que Mónica me había dicho. No imaginaba lo que iba a encontrar en la playa...

martes, 27 de julio de 2010

Episodio 11: ¿Javier me defiende?

Después de la lluvia de cohetes quise irme a casa. Estaba aliviada; parecía que nadie se había enterado del ruido ni del jaleo. ¡Y yo pensando que estaba prohibido! Seré tonta... seguro que estos chicos ya han hecho lo mismo muchas veces antes y les han dejado...
Me despido de todos mis nuevos amigos y me marcho para casa. Estaba ya lejos de la playa cuando noté que me faltaba algo: "¡la bolsa!" Me había dejado la bolsa que había llevado aquella noche. Bajé a buscarla rápidamente, era posible que ya no hubiera nadie en la playa, tal vez se habían ido una vez terminados los cohetes, o seguían allí... esperaba que se hubieran ido, porque siempre me gusta contemplar la cala de noche.
Cuando llegué y bajé entre las rocas, mi corazón dio un vuelco; un coche de policía. Estaba aparcado en la playa, y un par de oficiales hablaban con mis amigos. Sostenían algo en la mano; parecían los cohetes que habían sobrado. Fui hacia ellos, de todas formas los polis ya me habían visto, así que no tenía nada que perder.
-¿Tienes algo que ver con esto, jovencita?-me preguntó uno de los policías en cuanto me acerqué lo suficiente. Laura me miraba asustada, y yo iba a asentir y a suplicar piedad cuando salió Javier de entre sus amigos:
-Ella no estaba enterada de esto, es la primera vez que viene por aquí y no sabía que fuera algo prohibido. No se lo diga a sus padres, sólo está de vacaciones.
-Hum... ¿cómo te llamas?-me preguntó el tipo que me había llamado "jovencita", algo que me parece anticuado y patético.
-Paula Martín... señor-contuve un impulso de devolverle el "jovencito" a él, porque no parecía demasiado mayor. Como máximo tendría veinte años.
-La nieta de María José Martín-murmuró-creo que no deberíamos dar a tu abuela un disgusto con esto, ¿eh? Pero que no se repita.
-Por supuesto-contesté, y añadí en un momento heroico-vamos, Laura.
-¿Laura?-dijo el policía.
-Sí, es que... se queda hoy a dormir a mi casa. En realidad, yo la he arrastrado hasta aquí diciéndole que no haríamos nada malo, así que ella no tiene la culpa.
-Entonces, podéis iros-respondió el poli mayor a regañadientes.
La cogí de la mano y la arrastré conmigo.
-¿Por qué has hecho eso?-me preguntó, sorprendida.
-Porque se te notaba que tú no querías tirar ningún cohete, así que yo tengo tan poca culpa de esto como tú. Agradécemelo y punto.
-Vale... gracias. Oye, ¿conocías a Javier antes de este verano?
-No, ¿por qué?
-Pues porque...-dijo Laura, sorprendida y algo celosa-él nunca ha defendido a nadie, a no ser que fuera un gran amigo suyo, y a veces ni siquiera a ellos. Es extraño que te haya ayudado a ti y no a mí, ¿no crees?
-¿No estarás celosa?-pregunté, comprendiendo-eh, tú tranquila. A mí Javier no me interesa para nada, en serio. Ni siquiera como amigo, imagínate.
-Ah, vale. Pensaba que con todo este rollo de la pandilla...
-No, hombre, no. No soy de las que van ligando con los novios de sus amigas, y además, acabáis de resolver el enfado en la playa, ¿no?
-No del todo, sólo hemos hablado un poco, pero ahora ya no hay tanta tensión. Tienes razón, Javier no me va a dejar, seguro.
Ambas llegamos a mi casa, y sin contarles nada del incidente a mis padres, sólo que Laura se quedaba a dormir aquella noche, nos fuimos a la cama.

lunes, 26 de julio de 2010

Décimo episodio: cohetes en la playa

Aquella noche bajé a la playa tras avisar a mis padres. Creo que éstos pensaba que iría a casa de Blanca o de Paloma, e incluso me dijeron que les diera recuerdos de su parte. Si hubieran sabido con qué gente me iba, lo que iba a hacer... si yo misma lo hubiera sabido semanas antes, tampoco me habría entusiasmado con la idea. Pero mi afán de encajar con el resto de gente, o de tener al menos vida social, como estaba acostumbrada, era mayor que la voz de mi conciencia, que me decía que podía acabar en un lío si la policía nos pillaba a mí a mis amigos en la playa con cohetes. Era solo el segundo día, demasiado pronto como para meterme en un lío, ¿no?
-¡Has venido!-exclamó Laura al verme. Parecía contenta, pero creo que estaba algo nerviosa, supongo que por haberme confiado un secreto suyo.
-Aquí estoy... ¿seguro que no haremos nada malo?
-Me han dicho que es seguro-respondió ella, pero la misma parecía poco convencida.
Bajamos con los demás a la cala, que a la luz de la luna era más encantadora que nunca. Algunos habían comprado botellas de refresco en el supermercado, que se iban pasando de mano en mano. Todos reían y charlaban al mismo tiempo, quitándose la palabra unos a otros; yo me sentía en mi salsa en aquel ambiente relajado, pero no sabía cuánto tiempo más duraría aquella escena y pasaríamos a la de armar follón. En un pueblo tan pequeño, cualquier lío puede acabar en desgracia, cosa que no pasa en una gran ciudad, donde los policías tienen más ocupaciones y más delincuencia con la que acabar como para preocuparse de unos adolescentes con ganas de fiesta.
-Venga, chicos, se nos acaba el tiempo. Paula se va a las doce y aún no ha podido ver nada; tendremos que adelantarlo todo-explicó Mario, uno de los chicos que había conocido esa noche.
-Por mí no lo cambiéis, por favor. No me importa, lo veré otro día, me quedo aquí dos meses-dije, intentando fingir que era para mí un sacrificio en lo meterme en su barullo. Debí fingir demasiado bien, porque todos comenzaron a pedirme que me quedara allí con ellos, que no les importaba adelantarlo. Incluso las chicas más despreciativas por mi aspecto "de ciudad", que para ellas significaba no llevar ropa oscura ni botas militares-las "amigas" de las que me había hablado Laura por teléfono-no querían que me fuera sin haber visto a la pandilla en plena acción, quizá para demostrarme que eran más duros de lo que imaginaba.
Comenzaron a sacar cohetes de las mochilas, los petardos más grandes que les habían sobrado de la noche de San Juan. Algunos traían mecheros, y de paso se encendieron unos cuantos pitillos, que dejaron al poco tiempo, intentando ocultar sus accesos de tos. Me dieron ganas de reírme, pero decidí salvar las apariencias y dejar pasar un poco de tiempo antes de reírme con confianza.
-Venga, encenderlos de una vez-dijo Laura, nerviosa.
-Vale... no te pongas así-murmuró Javier.
-Así, ¿cómo? Sólo he dicho que los enciendan, nada más. ¿Qué te pasa últimamente?-dijo Laura, enfadada.
-No me pasa nada, eres tú quién está rara-replicó el chico.
Todos habían callado y observaban, excepto un par de chicos que seguían en torno al mechero, intentando encender los cohetes.
-Eso no es verdad, siempre me evitas, haces ver que no estoy, ni siquiera me llamas-gritó Laura, ajena a todas las miradas.
-Mira, si crees que no quiero salir contigo, ¿por qué no me lo dices de una vez?
-¡Parece que no quieras!
-¡Pues te parece mal!
Acabaron los dos callados, mirándose mutuamente el uno al otro, con los ojos llameantes de furia. De pronto, uno de los cohetes estalló, sobresaltándoles a ambos, que miraron en torno a ellos y descubrieron a todo su grupo atento a la discusión.
-¿Puedes venir un momento?-preguntó Javier en voz baja.
-Sí-masculló Laura.
Los dos se fueron hacia las rocas, separados del resto. Les vi hablando, y justo cuando estallaba el segundo cohete, se escondieron algo más entre las rocas. Al cabo de un rato vi de reojo que se besaban. "Laura debería dejar los besos y decirle que no le conoce bien, que es la verdad" pensé.
Pero ellos volvieron juntos y no pude hablar con ella. Los cohetes estallaban uno tras otro, creando una lluvia multicolor en el cielo, que parecía descender hasta el océano.