Hola, soy Paula Martín. Hace un tiempo viví una entrañable historia de amor, que he querido compartir con todos los internautas que se pasen por aquí. Viajad con vuestra imaginación a las playas, los campos, las casas de piedra y el sol de verano...

sábado, 31 de julio de 2010

Episodio 13: hablando con la mirada

Continué mi paseo hasta la cala, que me recibió con una bocanada de aire salado, arrebatándome de golpe todo el calor veraniego que llevaba conmigo desde la mañana. Pensé en volver de nuevo más tarde, de noche, porque si hay algo que no resisto es la vista de una playa nocturna y solitaria. Es romántico y además perfecto para pensar, estar sola, recordar y todas esas cosas que todos necesitamos alguna vez.
Sin embargo, en cuanto me acerqué más al mar, saltando las rocas para que mis pies descalzos disfrutaran con el calor y el tacto medio picante de la arena, vi que no estaba sola aquella vez. Suspiré, resignada a compartir mi momento de meditación con un desconocido. Observé mi aspecto, algo desaliñado, porque no me gusta que me vean cuando no estoy muy presentable, excepto mis amigas. Pensé que no estaba tan mal, sin embargo; bermudas blancas y blusa larga y azul, algo arrugada. En los pies no llevaba nada, y había pasado todo el camino completamente descalza, y disfrutando de ello. Tampoco era cuestión de compartir mis pensamientos con aquel desconocido, o de ofrecerle una pasarela de modelos en la playa, pero aun así... había algo en él que me recordaba a alguien conocido.
Me acerqué lentamente, cuidando de que no me sorprendiera espiándole. Tal vez no era quien yo creía que era... si no, ¿qué diablos hacía plantado en la playa, solo, pensativo? Imposible. Javier jamás haría algo así, estaba segura.
De pronto, comenzó a convulsionar los hombros, como si estuviera sollozando. ¿Él? No, no era él. Segurísimo. ¿Por qué iba a serlo? ¿Por qué querría llorar? Era el líder de sus amigos, tenía una novia muy guapa y majísima, no parecía de los que tienen problemas en casa, y su vida parecía una fiesta permanente. ¿Qué razón había para llorar? "Seguro que no es él", me dije, pero cada vez estaba menos convencida. Porque quizá, tras aquel misterio que parecía envolver su personalidad, se escondía un chico como los demás, que también tenía derecho a tener preocupaciones y problemas, como todo el mundo. Quizá su indiferencia hacia todo y hacia todos era una forma de proteger lo que fuera que guradase en su interior.
Me aproximé más aún a él, pero no me escuchaba. El sonido de su llanto amortiguaba el ruido que hacía yo al andar y respirar. Distinguí claramente su cabello castaño y desaliñado, que siempre llevaba del mismo modo, como si quisiera hacer ver que no daba importancia al peinado, aunque yo podía imaginarle en su casa peinando cada mechón de un modo distinto.
De pronto, tuve un impulso casi suicida. No sabía si le apoyaría mucho mi actitud, o si me mandaría a paseo y me obligaría a no contárselo a nadie-cosa que desde luego no pensaba hacer, excepto tal vez a Mónica, que no le conocía de nada-, pero quería probarlo. Verle allí, solo y con su chulería hecha trizas, me sorprendió y gustó, casi más de lo que querría, así que me puse a su altura, me senté a su lado y me quedé allí, en silencio.
Él se giró sorprendido, y al verme allí se quedó sin palabras. No sé si su primer impulso sería contarme lo que sucedía o enfadarse conmigo, pero lo reprimió. Dejó de llorar en el acto, eso sí. Pero hizo lo que yo; seguir sentado, en silencio, pensando, contemplando el sol casi absorbido por la fina línea que trazaba el mar en la lejanía.
Así nos quedamos media hora o más, cada uno pensando en sus propias cosas, aunque también pensando, sin sentir por ello nervios o vergüenza, en la presencia del otro. Sin embargo, de pronto, Javier se levantó, e incómodo, me dijo:
-Nos vemos mañana.
-Vale.
Esas fueron las únicas palabras que nos dijimos en aquella hora, sentados en la playa. Nos dijimos eso verbalmente, porque a pesar de aquel breve intercambio de palabras, nuestras miradas, o simplemente nuestra presencia conjunta allí (que muchos imaginarían como obra del destino), fueron suficientes como para decirnos todo lo que quisiéramos, para expresar el apoyo por mi parte, el agradecimiento por la suya, y muchos otros sentimientos que nunca fueron hablados.
Muchas veces he pensado que no se puede decir nada con los ojos.
Desde aquel día, he dejado de pensarlo.


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