Hola, soy Paula Martín. Hace un tiempo viví una entrañable historia de amor, que he querido compartir con todos los internautas que se pasen por aquí. Viajad con vuestra imaginación a las playas, los campos, las casas de piedra y el sol de verano...

viernes, 27 de agosto de 2010

Episodio 23: ¿vienes a Misa?

-Hola, abuela.
-Buenos días, Paula. ¿Sabes que hoy es domingo?
-Sí... ¿y qué?
-¿Vienes a Misa? Acompaña a tu vieja abuela...
Así comenzó el domingo de aquella semana, tres días después de mi conversación con Laura. Me parecía extraño que hubieran pasado tres días ya, porque había estado a ratos encerrada en la habitación y a ratos con mi familia, sin verla, pero con sus últimas palabras muy presentes en mi cabeza.
-¿A Misa? No sé...
No es sólo porque las veces que voy a Misa me aburro un poco, sino porque ver a la gente cantando y entregando su fe, creyendo por completo en lo que dicen, juntos, como si fueran conocidos de toda la vida, me hace pensar que... me falta algo. Como si ellos tuvieran una cosa que yo no tengo.
Soy cristiana, pero no practicaba. Ni yo ni mi familia, excepto mis abuelos. Me parece cosa de viejos, supongo que porque suelo ir a la Iglesia del pueblo, si voy alguna vez, y en ese pueblo casi ni hay gente joven.
-Bueno, vale...-acepté, pensando que no me haría ningún daño.
Fuimos ella, el abuelo y yo. Entramos justo cuando comenzaba, y nos sentamos en uno de los bancos de atrás. El sacerdote hablaba, cantaba y explicaba. Mi parte favorita es la del Evangelio; como si te estuvieran contando una historia de milagros y proezas. Y, en cierto modo, te cuentan una historia, pero lo mejor es que es real. Aquella vez le tocó a un muerto que Jesús resucitó; yo escuchaba atentamente, cuando vi a alguien que prestaba más atención aún que yo: Javier. Estaba en una de las primeras filas de bancos, observando al sacerdote, aunque en realidad, su mente parecía estar en otra parte. Supuse que pensaría en su madre, en su muerte... y en la vida misma. No sabía ni siquiera que creyera en Dios, pero yo también intentaría buscar un sentido a la muerte, un apoyo, si alguien de mi familia muriese. Y, desde luego, lo primero que habría hecho habría sido cuestionar a Dios, buscar un por qué.
Y allí estaba Javier, que no me veía, ni veía a nadie que estuviera en la iglesia; él sólo veía el rostro de su madre, grande, borroso, frente a él.

No hay comentarios:

Publicar un comentario