Hola, soy Paula Martín. Hace un tiempo viví una entrañable historia de amor, que he querido compartir con todos los internautas que se pasen por aquí. Viajad con vuestra imaginación a las playas, los campos, las casas de piedra y el sol de verano...

martes, 12 de octubre de 2010

Episodio 33: el accidente

Al cabo de nuestra primera semana de salir juntos, yo pensaba que nunca había sido tan feliz. Javier y yo lo habíamos pasado como nunca; siempre haciendo algo nuevo, riendo de cualquier cosa, a veces compartiendo un beso... todo era muy bonito a su lado.
A pesar de todo, él siempre seguía hablando de su madre. Yo intentaba ayudarle, pero sabía que no era suficiente. Su familia había creado en él un daño irreparable, y él no mostraba ningún esfuerzo por salir adelante. Algunas veces terminaba exasperada, pero no podía enfadarme con él, no lo conseguía aunque lo intentase. Yo nunca pensaba en la muerte, por supuesto, pero hablamos tantas veces de aquel tema con él que terminé por dedicarle algún tiempo en mi mente.
¿Qué pasaría si algún día perdía a alguien querido? Sabía que sucedería, por supuesto, pero no quería pensar en ello. Me carcomía la conciencia un miedo imposible de frenar cada vez que lo imaginaba. Y sin embargo, ocurrió.

Un día, fui a ver a Javier a su casa y me dijeron que había salido bien temprano por la mañana. Yo le busqué durante toda la mañana y no le encontré. Supuse que habría ido de excursión a algún lado, y aunque me enfadé un poco por no habérmelo dicho, pensé que querría estar solo.
Sin embargo, llegó la tarde y no aparecía. Su moto no estaba tampoco, por lo que supuse que habría hecho un viaje largo con ella. Me entretuve con los chistes de Laura, que vino a casa, pero no podía dejar de pensar en él.

Al día siguiente, mis temores se confirmaron; Javier no había vuelto. Llamé a su teléfono por quinta vez, y ésta, para mi alivio, me respondieron.
-Hola-dijo una voz masculina que no pertenecía a él-¿con quién hablo?
-Con una amiga de Javier... soy Paula.
-Hola, Paula. Hemos encontrado a Javier aquí, al borde de la carretera. Parece que está gravemente herido. Pero no te preocupes, vamos a llevarle a urgencias. Díselo a su familia, ¿quieres?
Mi corazón se detuvo. Unos temblores incontrolables se apoderaron de mí.
-¿Es muy grave?-pregunté con una voz que no parecía mía.
-Creemos que se recuperará-aseguró el hombre, aunque se notaba muy poco convencido.
Colgué el teléfono precipitadamente y fui a contárselo a mis padres. Ellos me consolaron y me acompañaron, muy asustados, a hablar con la familia de mi amigo. Por el camino no podía dejar de sollozar, y mi madre se me unió en silencio, porque no quería que él sufriera. Había llegado a apreciar mucho a Javier.
Su familia se enteró enseguida, y fue a verle a urgencias. Nosotros no fuimos; a pesar de que mi corazón me lo pedía a gritos, mi razón me decía que la familia debía pasar sola.
Y con razón. A medianoche

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