Hola, soy Paula Martín. Hace un tiempo viví una entrañable historia de amor, que he querido compartir con todos los internautas que se pasen por aquí. Viajad con vuestra imaginación a las playas, los campos, las casas de piedra y el sol de verano...

lunes, 11 de octubre de 2010

Episodio 31: la cita

Al día siguiente, en la soledad de mi cuarto, sentí cómo me invadían los nervios horas antes de que Javier pasase a buscarme como había prometido. No sabía qué ropa ponerme, ni cómo peinarme, ni siquiera lo que diría cuando él y yo estuviéramos solos, en una cita oficial. Él y yo habíamos estado muchas veces juntos, a solas, pero como amigos. ¿Cómo era posible que el simple hecho de que aquella vez hubiese habido una invitación a salir me hiciera sentir tan feliz, emocionada y aterrorizada? No era posible que me estuviera volviendo tan tonta, y sin embargo, lo comprendía.
Llamé a Mónica.
-¡Cuéntamelo todo!-exclamó ésta nada más descolgar yo el teléfono-. ¿A qué hora saldrás con él? ¿Estás nerviosa?
-¿Cómo lo sabes?-pregunté sorprendida.
-Bueno, el tal Javier ha dejado un mensaje en tu muro de Facebook para ver si podía pasarse media hora antes por tu casa, y así teníais más tiempo para charlar y eso.
-Oh, no. ¿Por qué no habrá enviado un privado?-me pregunté. Ahora todos mis amigos sabrían que salía con Javier, y no era ése mi plan. A mí me gusta contar las cosas a quien quiero y en persona-. Aun así, estoy muerta. No sé qué voy a hacer en la cena, será como... puf, me moriré de vergüenza.
-¡Claro que no! Tú ponte ese vestido azul, el que va con las sandalias blancas, te quedará genial. ¡Ah! Y no se te ocurra hacerte una coleta.
-¿Por qué no? Es muy cómodo.
-¡Pues por eso! Lo mismo puedes ir en chándal a la cita.
Decidí que tenía razón, así que me dejé el pelo suelto y lo rizé un poco por abajo, con espuma. El conjunto final me gustó bastante, y aún quedaba una hora para la cita.
Mi padre entró en la habitación justo cuando yo iba a salir.
-¿A dónde vas tan arreglada?
En aquel pueblo siempre se sabía todo, así que di por hecho que ya estaba enterado de lo que iba a hacer.
-Bueno, pensaba ir a cenar con Javier...
-¡Ohoh! ¿Cuándo vas a presentármelo?
-¡Papá!
-Vale, vale. Pásatelo bien.
Una cosa buena que tiene mi padre es que te deja hacer muchas cosas sin pararse a pensar antes si está bien que lo haga o no. Una cosa mala es que luego te echa la bronca después de haberte dejado hacerlo, así que decidí irme rápido de casa, por si sus reflejos estaban aquel día más brillantes de lo habitual.
Javier estaba en la puerta de casa. Sonreí al verle.
-Hola.
-¿Qué tal?-respondió con naturalidad-. Creo que vamos un poco tarde, así que mejor nos damos prisa. Por suerte he traído la moto.
-Ni loca me subo en tu moto.
-¿Por qué? No pienso conducir borracho ni nada.
-Lo sé, pero no me apetece que me lleve un conductor inexperto-bromeé.
-¿Inexperto? Soy más profesional que cualquier otro que hayas visto en tu vida. Pero si no quieres subir, vamos andando.
Llegamos al restaurante riendo y charlando como siempre. Casi ni parecía que aquello fuese una cita. Me gustaba más así.
Todo pasó muy deprisa... pedimos pizza y entre risas la terminamos en un segundo. Enseguida, por desgracia, estábamos fuera otra vez.
-¿Quieres ir a la playa?
-No hay muchos más lugares en este pueblo.
-¿Por qué no te gusta el pueblo?-me preguntó Javier mientras caminábamos.
-No es que no me guste, es que... hay sitios mucho más grandes y divertidos, como mi ciudad, por ejemplo.
-Pero en tu ciudad no puedes tener tanta confianza con la gente, y seguro que hay mucho más ruido que aquí.
-Tienes razón, pero...
-Además, ¿adónde vas cuando quedas?
-Pues al cine, o a casa de alguien, o a un MacDonalds...
-¿O...?
-Vale, vale, tampoco es que varíe mucho, pero puedo ir cambiando de sitio, no siempre ir al mismo.
-¿Qué pasa? ¿No te gusta la playa?
-Eso sí. Nunca me canso de verla.
-Entonces no tienes razones para quejarte. Y menos cuando se convierte en un sitio especial para ti.
-No se ha convertido en un sitio especial para mí.
-No, es verdad. Pero para mí sí. Aquí venía muy a menudo con mi madre, ¿sabes? Pintó un cuadro, una vez, en el que salía yo mirando al mar. Me gustaría enseñártelo.
Llegamos a la orilla de la playa. Las olas se mecían con increíble lentitud, pero ya no estaba nerviosa. Sólo quería seguir charlando.
-Ojalá la hubiera conocido.
-¿A quién?-me preguntó.
-A tu madre.
-Se parecía un poco a ti, ¿sabes?-me dijo entonces, acercándose imperceptiblemente-.
-¿Por qué?
-A ella también la quería mucho.
Sonreí sin que me viera,estábamos casi a oscuras. Decidimos que era hora de irnos a casa. Me acompañó hasta la puerta del jardín, y entonces me dijo que cerrase los ojos y abriera las palmas de las manos.
-Es que te he comprado una cosa-explicó, mientras yo tenía los ojos cerrados.
Extendí las palmas de las manos hacia delante, expectante. De pronto, él las bajó y me dio un beso, que apenas duró un instante, pero fue todo lo que yo podría desear.

1 comentario:

  1. ¡Hola!
    Que bonito...
    Me ha encantado jeje
    Y cuando dice que se parecía a su madre ¡qué mono! :)
    Un beso.

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